Prólogo · El sueño
Adelanto gratuito: el prólogo y el comienzo del primer capítulo. Fantasía oscura para público adulto.
Cada noche tengo el mismo sueño. Camino lentamente por un campo abierto y me baño en una suave y armoniosa llovizna, que me otorga paz y tranquilidad. A lo lejos avisto dos líneas de álamos que convergen. Me embeleso con la elegancia y esbeltez de sus troncos, las ramas cimbreantes, sus hojas verdes y esponjosas, y el suelo decorado por un mosaico de luces y sombras. Un ramillete de libélulas de aire azota mis mechones. Me adentro en la arboleda.
Y, de repente, me despierto. Una nostalgia súbita emborracha mi alma. Una añoranza rabiosa y profunda por una tierra donde nunca he estado. Por una familia que jamás he conocido.
Me quedo dormido otra vez y el ensueño continúa. Me encuentro en un bosque, busco por intuición la presencia de los tejos. Me detengo frente a uno de ellos, tan añoso, poderoso y mágico. Me arrodillo y acaricio sus raíces con ternura. Al tocar su áspera corteza, cierro los ojos y noto racimos de emociones insólitas que navegan en mi sangre. Luego pierdo la noción del tiempo, igual que un reloj de arena al que se le hace girar sin parar. Abro los ojos y me imagino haber sido trasladado miles de años atrás. Y vuelvo a sentir esa melancolía inmensa por una familia misteriosa y lejana que deseo encontrar algún día.
Contemplo su tronco nervudo y retorcido, imagino que son las arterias de mis ancestros que palpitan, llenas de vitalidad. Acerco el oído y escucho en su savia las risas de unos niños, los susurros de hombres y mujeres que me invitan a quedarme con ellos.
Abrazo sus ramas, huelo los brotes recién nacidos, saboreo las hojas puntiagudas, lamo sus frutos redondos y bermejos. Y percibo que yo le pertenezco, y que el árbol conoce mi destino.
Luego levanto los párpados y una voz interna me susurra:
«Esta es tu historia y la de millones de personas repartidas por el mundo. Tus hermanos. ¿Quieres saber cómo comienza? Hubo una vez una aldea llamada Simettalin, en la que el destino se heredaba. Y el suyo era permanecer todos unidos, en la misma tierra».
Las flores abrieron sus vistosas pestañas blancas, rojas y moradas y parpadearon por el movimiento del viento. Los capullos sedujeron a los insectos con colores llamativos y efluvios provocadores. Un saltamontes brincó, pletórico de alegría, y desafió a las nubes lechosas, estancadas en el firmamento. Los riachuelos peinaron sus tirabuzones de agua. Los lagos, coquetos, se miraron en su propio espejo, verdoso y resplandeciente.
Era un domingo de mayo del quinto año de la Aurora y la isla de Arho se había vestido de gala para recibir al nuevo día.
La bandeja de madera estaba repleta de larvas negras y enanas. Los insectos recién nacidos se retorcían hambrientos buscando una hoja de morera cercana. El criadero de gusanos de seda era el entorno idóneo para su crecimiento y posterior metamorfosis. Lo habían instalado en una granja pequeña y rectangular de madera de nogal situada en el sureste de Simettalin, contigua a los invernaderos.
Dentro del criadero, el pequeño Tomik, de cinco años, revolvía con el dedo índice el contenido de una de las bandejas. Esperaba con impaciencia que aquella larva elegida al azar se subiera desorientada al dorso de su mano, y que el suave desplazamiento de sus diminutas patas le hiciera cosquillas.
Le encantaba la sericicultura, sabía ese nombre técnico e impronunciable por sus padres. Su mamá le había prohibido tocar los gusanos mientras estuvieran en desarrollo, pues esto quizás interfiriese en su transformación en crisálida. Así que debía andar con extrema precaución y evitar cualquier ademán sospechoso que alertara a su madre de su desobediencia.
Tomik coló los dedos por la ranura de la puerta y la abrió, dudoso. De repente, vio a contraluz a una persona con un mohín de reproche. ¡Era su madre!
No obstante, Ehiomengonatta no estaba por la labor y le ordenó, con un tono de voz cansado:
—Tommi, ve a apagar las lámparas del invernadero. ¡Date prisa! Tu hermano te está esperando, ya sabes que tenéis que recoger plantas silvestres y huevos de jilguero y alondra. Iros ya, ¡no llegaréis a tiempo a la hora de la Sabiduría Oral!
La mujer había cumplido hacía poco treinta años. Era alta, muy delgada y tenía una fisonomía peculiar: cabello largo y ondulado color café, con abundantes reflejos dorados y ojos ambarinos. Se enjugó el sudor perlado de la frente y se recolocó la flor de amarilis, alojada en su oreja derecha.
La isla de Arho, llamada también isla de la Libélula, era una de las numerosísimas islas del sudoeste de Noruega. Los simetal vivían felices en aquella tierra tan verde, prístina, hermosa e idílica, con sus ríos, lagos, árboles y flores refulgentes, y una fina y suave llovizna que bañaba toda la isla en armonía. Para las personas foráneas era un paraíso de luz, agua y color; un lugar donde surgieron las antiguas leyendas escandinavas de dioses, ondinas, hadas y elfos.
Ehiomengonatta levantó la mirada hacia el cielo, donde las nubes bailaban un delicado vals junto con las aves. No veía aviones de combate por ningún sitio y eso era buena señal.
La Segunda Guerra Mundial había estallado hacía más de cuatro años y Noruega estaba ocupada por la Alemania nazi. El país que amparaba a Simettalin no pudo hacer nada para impedirlo, a pesar de su neutralidad inicial. No obstante, aquellos eran asuntos políticos foráneos que a los simetal no les interesaban demasiado. Por suerte, las tropas no habían invadido la isla de Arho: su magia y la protección de los noruegos lo habían evitado.
Simettalin tenía un sistema laboral muy diferente al de otras culturas: se repartían las tareas a partes iguales y en rotaciones, así que nadie tenía un oficio específico. El trabajo se hacía por el beneficio común y no era remunerado; la moneda estaba censurada. Se dedicaban a la fabricación de vidrio de color, la ebanistería, la pesca, la cría de gusanos de seda y el cultivo de moreras y flores. Se alimentaban de vegetales, huevos de aves, leche, pescado, marisco y algas: creían que era una aberración que los hombres foráneos cautivasen a los animales para su consumo.
Tom llegó corriendo al invernadero de cristal y comenzó a apagar las llamas de las lámparas. Las extinguía con desenvoltura, mojando las puntas de los dedos en saliva —como lo haría su hermano— y oyendo el crepitar del fluido burbujeante.
Cuando el pequeño se relajó, su hermano surgió desprevenida e impetuosamente por la puerta y exclamó, pícaro:
—¡Quien llegue el último besará el culo de un reno!
Tomik se paralizó por la sorpresa y el agobio. ¡No! Aún no estaba preparado para irse, ¡le faltaba la cesta! Dasodut arrancó a correr. Ambos hermanos eran muy dispares: Dasodut tenía diez años y era un muchacho muy alto, fornido y corpulento para su edad, con los ojos azafrán despiertos y el pelo rubio oscuro cortado a cepillo. Tom inició la marcha a trompicones, detrás de él.
La aldea estaba formada por casas de madera de nogal de diez metros de altura y una única planta, pintadas en blanco, con tejados a dos aguas. Las ventanas eran circulares, con una enorme vidriera principal coloreada con motivos florales. Las viviendas estaban colocadas en hilera, de forma simétrica y perfecta, igual que un pentagrama musical.
Las flores que brotaban en los portales, los jardines y el césped recortado primorosamente, los canales de agua con cisnes que bordeaban las calles y las lagunas con las casas flotantes de cristal eran las corcheas, blancas, negras y semifusas que adornaban aquella sinfonía magistral.
En el centro del poblado, como una clave de sol, se alzaba la torre de la Eternidad, una atalaya altísima de piedra blanca con una cúpula cerrada. La semiesfera tenía incrustados zafiros, diamantes, esmeraldas y rubíes que reflejaban los rayos del sol y los transformaban en una canción cromática.
Dasodut aceleró el paso y se carcajeó, fastidiando al pequeño:
—Corre o ¡pronto te comerás el pedo de un reno!
Sin poderlo evitar, Tom acabó trastabillándose contra una jovencita simetal que paseaba por aquellos lugares. El pequeño se llevó por delante el canasto de flores de lino y se le encasquetó en la cabeza a modo de sombrero. La niña vio perpleja cómo Tom se alejaba corriendo sin disculparse y con el cesto acoplado por encima de sus hombros.
—Tommi, ¡te voy a matar! Se lo diré a tu madre y ¡te castigará! —voceó, hecha una furia.
El pequeño Tom resolló. Lo sentía, pero no podía pedirle perdón ahora, ¡tenía que continuar con la carrera! Además —Tom se quitó el cesto de la cabeza y soltó una carcajada—, ¡ya tenía la cesta!
El niño llegó a la linde de la aldea al noroeste y entró en un campo abierto, Ish, cubierto de amapolas y con un lago, Yanli. Paró en seco. Respiró hondo y cerró sus ojos juntos y saltones. Una suave y armoniosa llovizna comenzó a caer y mimó su tierna piel. Levantó de nuevo los párpados y capturó en su mirada, a lo lejos, una línea de álamos.
De repente, algo hizo que posara su atención en su camisa beige de lino y se sobresaltase: una gota roja se dibujaba en el centro. ¿Qué era aquello? El pequeño arqueó las cejas y acercó las yemas de los dedos para tocarla, con cierto recelo. Estaba seca. ¿Sería agua con tierra? Antes de responder a su inquietud, apareció otra. Y otra. ¡Y otra! Tragó saliva y elevó la vista al cielo.
Había una bruma carmesí asentada en el horizonte y más arriba se alzaba un sol sin rastro de vida, asesinado. Tomik arrancó a correr con estupefacción. Por Ifu, ¿qué era todo aquello? Fuera por donde fuera llovían lágrimas escarlata, igual que dientes sanguinolentos, impregnando los árboles, ensuciando los lagos y los prados, mancillando las flores.
El niño aceleró el paso, tropezó, retomó su rumbo desbocado, volvió a resbalar, se incorporó de nuevo. «¡Ayuda!», gritó, aterrorizado. A lo lejos divisó a su hermano, que aullaba, con voz ronca y los ojos azafranados desorbitados por el espanto:
—¡Está lloviendo sangre!
Aquí termina el adelanto gratuito.