Capítulo 1

Comienzo

Carmen Frigolet

Ismael: No quiero que cuando te mueras vayas al infierno.

Sara: No me hables de la muerte que me pongo mala, por favor.

Ismael: La verdad es que me gustaría verte en el paraíso.

Sara: ¡No, por favor!

Ismael: Te quiero para esta vida y para la otra.

Sara se dio cuenta de lo mucho que lo quería aquel día que montaban en bicicleta. Fue uno de sus primeros paseos en tan perfecto vehículo de transporte, o al menos eso pensaba hasta entonces. Justo cuando se acercaban de vuelta a casa, después de disfrutar de una maravillosa travesía por la playa, la cadena de la bici de Ismael se rompió, y sus casi dos metros de cuerpo cayeron al suelo. Sonó un fuerte golpe seco sobre su cadera, donde fueron a parar sus cien kilos de peso. Sara no lo vio caer. Iba justo detrás de él, vigilando todo el tiempo, porque Ismael gustaba de hacer acrobacias en la bici para asustarla. Estaba llegando a casa y no lo vio caer. Bajó la mirada un segundo, y cuando sus ojos volvieron a buscar su espalda, él ya no estaba. Yacía en aquel suelo adoquinado, inmóvil, inconsciente. Su cabeza había rebotado en los ladrillos como una respuesta a su cadera, y entre las voces de unos y otros que decían que estaba muerto, sonaba el grito desgarrador de Sara.

Ya nada sería igual, y así sucedió. Aquel día Ismael dejó este mundo para siempre en un segundo, y la vida de Sara se fue con él, porque deambular con un cuerpo que no rige cabeza, y donde cada poro de la piel vive buscando el calor de su otra mitad, no es vida, es sinrazón.

A veces la felicidad no vuelve a visitarte cuando sabes que la tuviste única, plena, completa e irrepetible. A veces el amor es mucho más fuerte que las ganas de vivir, y Sara no podía tirar de sí misma. Sara, Sara dulce Sara era, y amarga y agria se volvió.

Al principio solo pensaba en desaparecer pero no tenía el valor suficiente para quitarse la vida. Buscaba la tranquilidad más cercana a la que te puede ofrecer la muerte, y que solo es posible cuando no te queda nadie ya en el mundo de quien estar pendiente, nadie a quien cuidar, nadie a quien realmente importes, nadie que no pueda vivir sin ti. Solo tú, tú misma, UNA.

Entonces pensó Sara que solo había un camino para estar cerca de Ismael, pensó realmente en encontrarlo en alguna parte bidimensional o tridimensional de este mundo, pensó que tenía que estar en algún lugar perdido deseando que ella lo encontrara, y comenzó un viaje para buscarlo. Antes de partir no tuvo que despedirse de nadie.

El viaje comenzó en su cabeza, la cabeza arrastró su cuerpo y fue lo primero bueno que sucedió, la unión de ambas partes. ¿O fue al revés? La memoria de la piel del cuerpo inició la partida, y la mente perdida la siguió como una respuesta lógica, no pensada, irracional.

Sara volvió al Magreb, se sintió más cerca que nunca de los delfines que se empeñan en acercarse a los barcos que navegan en el Estrecho, como en un intento de acercamiento a un mundo que no les pertenece. Sintió su compañía, la de una manada entera, y al igual que ellos intentó establecer un puente. Una conexión con la persona amada, obviando la muerte del ser querido en una trampa mortal que ella misma fabricó en su mente, y que le salvaría la vida o la llevaría irremediable y definitivamente a las fauces de la extinción, si es cierto que uno se va para siempre, claro. Cruzó el Estrecho de Gibraltar, y con ello esa fina línea que separa la cordura de la locura, la que en cada uno de nosotros se encuentra en un lugar diferente. Una mochila llena de medicinas, un saco de dormir, el dinero que tenía. Todo el dinero que poseía era poco si lo encontraba, y estaba convencida de que lo haría. Ya estaba tardando, Ismael la esperaba en algún lugar, y hasta se escondería de ella como si de un juego se tratase. Sara sonreía imaginando las tretas que Ismael tramaría para hacer más difícil el encuentro. ¿Por dónde empezar a buscarlo?, recorrería todos los lugares que conocía, y se aventuraría a entrar en aquellos que nunca visitó, por si acaso.

Lo imaginaba riéndose de ella, mientras le mostraba el camino a seguir para llegar a sus brazos.

Dos corazones que palpitan juntos, no pueden estar muy lejos uno del otro. Si uno se para, el otro también.

* * *

Al frente ya se divisaba Tánger, el barro que se acerca, la puerta de África, a cuyas orillas había arribado tantas noches en sueños desde la primera vez que la visitó muchos años atrás. Una tierra con la que soñaba cuando no estaba en ella. Se diferenciaban ya las mezquitas del resto de los edificios, y Sara de inmediato imaginó la llamada del muecín en su cabeza. Caminos rotos de su cerebro conectaron de inmediato, y sus terminaciones nerviosas se unieron entre sí para ofrecerle un segundo de placer. Por primera vez en mucho tiempo respiraba, o era consciente de su respiración. De repente la envolvió, de nuevo, un manto negro. Y así pasaban sus horas, como si estuviera subida en la montaña rusa todo el tiempo, yendo y viniendo de un incipiente entusiasmo a la más absoluta de las tristezas, donde sus ojos se tornaban opacos, y donde tenías que mirar dos veces para verla porque le era fácil pasar desapercibida.

Ismael le había enseñado a camuflarse entre la gente.

Le dio las claves para hacerse respetar en la sociedad marroquí, y sobre todo para que nadie le estafara o le cobrara todo lo que comprase a precio de españolita. No era fácil, Sara no hablaba árabe magrebí, sólo conocía algunas palabras, pero era diestra en reconocer todas las intenciones, en interpretar sus miradas, en dejarse observar, y saber que un detalle puede cambiar el curso de un buen precio en una venta, aunque se trate de un puñado de garbanzos cocidos aderezados con comino y sal. Así es el hambre, así es la necesidad, así se da paso al abuso, y así también el abusador es abusado. Por eso usaba velo y chilaba, cuanto más corriente mejor, nada de lujos.

La rampa de desembarque del ferry desparramó su lengua como burlándose de un país, y del otro.

Bajaron todos los pasajeros: españoles altos y bajos, feos y guapos, solos y acompañados; especuladores inmobiliarios y turistas sexuales; síndromes de shopping y primerizos asustados con pantalones de Coronel Tapioca; empresarios que hacen su agosto con mano de obra barata o fuga tangerina; marroquíes que vuelven a casa ansiosos de respirar en su tierra a pesar de todos los pesares; prostitutas y chaperos; veinte japoneses con veinte cámaras fotográficas de última generación; traficantes; tripulación y algún que otro francés, inglés o americano, herederos de sus antepasados, ligados a esta tierra.

Los primeros que te reciben son los perros, policías pidiendo documentación, y solo el color rojo del pasaporte español ya delataba a Sara, así que solía guardarlo pronto. Esta vez no han preguntado nada, ni hay nada que se puedan llevar, y como Sara no tiene prisa, tampoco ha tenido que pagar por pasar antes. Uno de los perros quiso ser amable con ella.

Sara lo miró desafiante, y le respondió en árabe.

La hizo esperar un poco más, la miraba de soslayo y pasado un largo rato, como perdonándole la vida, la dejó pasar.

Sara cerró sus ojos, y se dejó impregnar desde la cabeza hasta los pies por aquellos sonidos que tanto echaba de menos en su recuerdo. Un sueño que se hacía realidad, unas palabras que solo oírlas le daban paz, una paz infinita que ni ella misma comprendía, una paz que rompía su soledad porque allí, Sara, nunca se sentía sola.

¿Qué es la paz si no el paso anterior y necesario al placer? El abandono al placer más intenso no es posible si no tienes paz. Dejarse llevar, no poner trabas en el camino de esa energía que tiene que fluir para liberarte de toda atadura que impide acunar la paz en cada ser. Sentirse en armonía con todo lo que te rodea. Soltar peso, ir por la vida ligero de equipaje. ¿ACEPTAR para nosotros, SUMISION para ellos? Empezar siendo tolerantes con nosotros mismos. Relajarte. Pueden robarte todo menos la imaginación, ser capaz siempre de encontrar en tu mente un lugar de bienestar. Un rinconcito que te haga sonreír por dentro, en el que no exista el sufrimiento.

La vida de una mujer en un viaje y en el viaje, toda su vida.

Pero, ¿quién era Sara?, y ¿quién Ismael?

Fin del capítulo 1 — ¿Quieres saber qué le espera a Sara en Marruecos?

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