Adelanto · Relato 1 de 10

El Intercambio

de Decir rojo · Néstor N. Val

Contenido para público adulto (+18). Este es el arranque de uno de los relatos de Decir rojo, erótica literaria sobre poder, consentimiento y deseo.

Madrid, finales de octubre. El salón de actos del Hotel NH estaba lleno del habitual murmullo de conferencias: tacones, maletines, café de máquina que sabía a cartón. Llegué tarde, como siempre, con el traje gris planchado a la perfección y el moño alto que me hacía parecer más seria de lo que me sentía. Diez años sin verla y, de repente, ahí estaba Alicia, de espaldas a la puerta, hablando con un grupo de gente. Botas altas, jeans ajustados, chaqueta de cuero negro. El pelo más corto que en la facultad, un poco revuelto. Reía con esa risa abierta que siempre había tenido, la que llenaba las habitaciones.

Me quedé parada un segundo. El corazón dio un golpe seco, de pura sorpresa. Como cuando encuentras una foto vieja y recuerdas de golpe una época entera.

Se giró. Me vio. La sonrisa se le abrió de oreja a oreja.

Me abrazó fuerte, sin pedir permiso, como hacíamos antes. Olía al mismo perfume cítrico de siempre, mezclado ahora con un punto de tabaco que no tenía en la residencia. Me dio dos palmadas en la espalda y se separó para mirarme.

Reí. Ella también. No hubo lágrimas ni grandes declaraciones. Solo un “quedamos para cenar esta semana, no me falles” y un beso rápido en la mejilla.

Quedamos varias veces desde entonces. En esas quedadas, inevitablemente, salían recuerdos de la universidad: cómo Alicia siempre había sido la loca que proponía saltarse clases para tomar copas o hacer viajes improvisados, y yo la prudente que acababa convenciéndola de volver a los libros… aunque al final casi siempre terminaba siguiéndole la corriente. Ahora, yo era la abogada socia de un bufete grande, la que vivía entre demandas, reuniones y horarios que no perdonaban. Ella, la consultora independiente, seguía siendo la que decidía sus propios ritmos, viajaba cuando quería y respondía solo ante sí misma. La loca y la prudente seguían ahí, solo que vestidas de traje y de cuero.

Hablábamos de todo menos de lo importante. Reíamos con las mismas anécdotas de siempre. Éramos las de antes. Amigas de las que se cuentan todo y se guardan los secretos.

La última vez fue en el ático de Alicia, en Chamberí. Ella había insistido: “Vente, cocino yo por una vez”. Al final cociné yo, porque su idea de cocina era pedir sushi o abrir una botella cara. Preparé pasta con trufa negra, su debilidad desde siempre. Vino bueno, luces bajas, la ciudad encendida al otro lado de los ventanales.

Estábamos en el sofá, las piernas cruzadas, la segunda botella a medio camino. La charla había ido derivando, como siempre, hacia lo personal. Hablamos de ex. De los míos: el último, un compañero del bufete que duró dos años y terminó porque “no había tiempo para nada que no fuera trabajo”. Del anterior, el de la facultad de empresariales, que era divertido pero inmaduro. Alicia se reía, me pinchaba: “Siempre te han gustado los que parecen estables y al final te aburren soberanamente”.

Ella contó los suyos: el fotógrafo con el que vivió en Barcelona seis meses, el ejecutivo de Londres que le regalaba viajes pero también celos, el surfista australiano que conoció en Bali y con el que pasó un verano loco. Todos chicos, todos historias que acababan igual: bien mientras duraba la aventura, mal cuando llegaba la rutina.

Reíamos con esa complicidad de quien sabe que las relaciones con hombres nunca han sido nuestro fuerte. Ninguna de las dos había encontrado al que valiera la pena quedarse. O quizá ninguna había buscado de verdad.

De pronto Alicia sacó una servilleta blanca y un bolígrafo del cajón de la mesa baja.

Arqueé una ceja.

Explicó las reglas despacio, como si estuviera presentando un contrato sencillo. Cada una pide algo a la otra. Lo que sea. La que recibe el deseo lo cumple. A cambio, pide algo propio. Algo que la otra no hubiera planeado dar. Sin límites previos. Solo una palabra de parada total: “rojo”. Irrevocable.

Lo dijo con calma, como si fuera lo más normal del mundo. Yo pensé que era una versión adulta de las idioteces que hacíamos en la residencia. Un juego para reírnos, para putearnos un poco, para ver quién se rajaba antes.

Dudé dos segundos. Estaba tensa de la semana, el cuello duro de horas frente al ordenador.

Alicia sonrió leve.

Se colocó detrás de mí en el sofá. Manos firmes, precisas. Me relajé sin querer. Diez minutos se convirtieron en quince. Cuando terminó, se sentó de nuevo frente a mí.

Puse los ojos en blanco.

Reí. Me quité los zapatos, ella extendió las piernas. Sus pies sobre mi regazo. Empecé. Ella cerró los ojos, suspiró exagerada.

* * *

Un par de semanas después, otra noche en el ático de Alicia. Esta vez había traído una botella de ribera que me había costado un ojo de la cara, para compensar el masaje de pies que todavía me debía cobrar con intereses.

Estábamos tiradas en el sofá, descalzas, la tele de fondo con una serie que ninguna miraba de verdad. El juego del Intercambio ya era una costumbre: cada cena acababa con un par de trueques tontos, siempre con la excusa de “a ver quién se raja antes”.

Alicia sonrió de medio lado.

Me tumbé boca abajo en el sofá, me quité la camisa y la dejé a un lado. Alicia se sentó en el borde, junto a mí. Desabrochó el sujetador con un gesto rápido, “para llegar bien a toda la espalda”, dijo como si nada. Subí los brazos, los doblé y apoyé la cabeza en ellos.

Empezó.

Uñas largas, apenas rozando. De arriba abajo por la espalda, círculos lentos en los hombros, bajando por los costados. La piel se me erizaba al instante, escalofríos que me recorrían desde la nuca hasta la cintura. Me quedé quieta, respirando despacio, sintiendo cómo cada pasada me ponía más sensible. No era risa. Era otra cosa. Un cosquilleo que se quedaba ahí, latiendo.

Cuando el reloj marcó los quince minutos, Alicia, sin avisar, cambió a las cosquillas malas. Dedos rápidos, pinchando en los sitios prohibidos. Me retorcí al instante, soltando una carcajada involuntaria, intentando escaparme.

A los pocos segundos saqué el móvil para mirar la hora y vi que ella tenía el suyo en la mano, grabando.

Seguí riéndome sin control, lágrimas en los ojos, el estómago dolorido. Cinco minutos más de las malas, porque ya no paró. Cuando terminó, me dejé caer de lado en el sofá, jadeando, el pelo revuelto.

Me incorporé, limpiándome los ojos.

Alicia se quedó un segundo callada, mirándome con esa expresión que ponía cuando tramaba algo.

Sigue leyendo

Este es solo el principio de El Intercambio. El relato completo y los otros nueve están en Decir rojo.