Capítulo 1
Una noche más sin dormir. Ya había perdido la cuenta; dejó de contar hace años. Cada día le asaltaban en sueños sus fantasmas del pasado. Guerras, batallas y pasillos oscuros y angostos, el brillo de una espada en la noche, el frío, el dolor en su pecho tratando de respirar. El precio a pagar por una vida heroica llena de epopeyas y victorias.
Keykum permaneció en la cama unos instantes, con el brazo apoyado sobre la frente. Conocía esta sensación, así que suspiró, esperando que su respiración regresara a la normalidad. Notaba cómo el sudor que perlaba su pecho se enfriaba. Se había destapado, y aunque era verano, la suave brisa que entraba por su ventana era suficiente como para provocarle un escalofrío.
Después de tomarse un breve respiro, se sentó en la cama. A su derecha, sobre la mesita auxiliar, había una pequeña lámpara de aceite junto a varias cartas y un abrecartas plateado, finamente labrado y con su nombre escrito en cuidada caligrafía élfica. Key encendió la lámpara y guardó las cartas en el cajón de la mesita, junto a otras cuantas similares. Después comprobó que a su izquierda el armario estaba cerrado. La ropa permanecía sobre su silla, y sus trofeos y decenas de recuerdos en su sitio, todo en orden.
Miró unos instantes por la ventana. Justo enfrente, las copas de los árboles delimitaban el horizonte, y por encima, una de las lunas en creciente y dos más en menguante. Tres de cinco lunas: era una noche medianamente luminosa. Eso le hizo calmarse un poco. Se levantó para acercarse a la ventana y apoyar en ella los codos, echando un vistazo fuera. Todo estaba tranquilo, afortunadamente.
Keykum se preguntaba cuándo le abandonarían esas terribles pesadillas; hacía más de veinte eras que no tenía que arriesgar su integridad física y mental en una de esas interminables contiendas. Ahora tenía una vida apacible, alternando períodos entre su granja y Leria, la ciudad elfa situada en el bosque de Tantárel. Le había costado mucho trabajo ganarse un lugar allí sin ser siquiera un elfo de pura sangre. Sabía que su color de pelo, rojo como la sangre, le hacía resaltar entre el resto de habitantes; por eso decidió construir su casa en la copa más alta del árbol más alto que encontró en la ciudad, en la linde con el bosque.
La única casa unida de forma directa a la suya era la de su hermano, Vitán, otro semielfo como él. Las luces de su casa estaban apagadas; seguramente aún durmiese. Volvió a mirar a las lunas, pensando qué hacer. Cuando despertaba de esa forma, generalmente no conseguía volver a conciliar el sueño. Entonces, de repente, lo vio.
Fue una visión rápida, de apenas un instante. Parecía que el bosque que se extendía ante sus ojos hubiera desaparecido por un momento, y en su lugar hubiera visto otra localización. Una llanura en mitad de la noche, con la majestuosa silueta de una edificación al fondo. Conocía el castillo, había estado en ese lugar impío en más de una ocasión, pero ahora estaba en llamas, unas llamas azules y antinaturales que parecían consumirlo. De las lenguas de fuego surgió un ser espectral terrible, elevándose hacia la negrura de la noche. Keykum no pudo gritar; su voz no salía del cuerpo, como si todo el aire de sus pulmones hubiera desaparecido en un suspiro.
De nuevo, despertó, esta vez en el suelo. Otra vez con la respiración agitada y con un terrible dolor de cabeza. Se llevó la mano a la parte de atrás de la cabeza. Notó calidez húmeda. Key maldijo en voz baja: se había caído de espaldas y se había golpeado con el soporte de la cama. Hubiera sido realmente patético que un guerrero de renombre muriera por golpearse la cabeza en una mala caída, pensó.
Se levantó, usando un poco de su magia para sanar la herida, aún nervioso, más que de costumbre. ¿Qué había sido aquello? ¿Otro sueño? No, esta vez no se había despertado en la cama. Estaba completamente seguro de haberse levantado e ido hasta la ventana, por lo que no podía tratarse de una pesadilla. ¿Una visión? Miró su brazo derecho: el vello se había puesto de punta. Un mal presentimiento, tan fuerte que le había dejado inconsciente.
Cuando oyó el sonido de la puerta de su habitación abrirse, lanzó hacia ella lo que tenía a mano, el abrecartas, que se clavó en el marco de la puerta a apenas unos centímetros de la cabeza de un tipo de pelo corto y rubio, que se apartó casi con parsimonia, como si estuviera acostumbrado a ello.
—He… hermano —dijo Keykum, aún con el pulso acelerado, intentando volver a la realidad.
—¿Otra noche movida? —preguntó Vitán, arrancando el abrecartas del marco, que tenía más de una hendidura similar, y acercándoselo a Key para devolvérselo—. Voy a tener que quitar todos los elementos cortantes de tu casa. Abrecartas, cuchillos, kunais, palillos de comer…
—¡La espada! —exclamó Key, saltando por encima de la cama hasta el soporte de la pared en el que colgaba la funda de su espada.
—Sí, la espada también voy a quitártela —bromeó Vitán, observándolo.
Vitán se sentó en una de las sillas de madera mientras Key desenvainaba parcialmente su espada. Esta emitía un potente brillo azulado, que iluminó levemente la habitación.
—Parece que Adamantina está igual de nerviosa que tú. ¿Qué has soñado hoy? —le preguntó, observando el filo de la espada. No era exactamente de metal, sino de un material que permanecía siempre escarchado y frío al tacto.
—No… no lo sé. No lo tengo claro… —No sabía qué contarle. Key no estaba seguro de que fuera buena idea asustar a su hermano sin saber qué significaba la visión que acababa de tener.
—Te conozco desde hace un buen puñado de eras. ¿Qué pasa?
Key suspiró de nuevo. Volvió a envainar su espada y la descolgó de la pared. Se sentó en la cama, frente a Vitán, y colocó la funda sobre sus piernas. Acarició el gavilán del arma con una mano, casi con un cariño maternal, antes de volver a mirar a su hermano.
—Ha sido distinto. He tenido una visión, pero no estoy seguro de qué significa. Es posible que haya vuelto —dijo finalmente, tratando de que su voz sonara firme y tranquila.
—¿Otra vez? ¿En serio? ¿Es que no se cansa nunca? —Vitán puso los ojos en blanco—. ¿Estás seguro?
—No, no lo estoy. Vi su castillo, pero no a él. Estaba como… ardiendo todo.
—¿Ardiendo? Hum… —dijo Vitán, pensativo.
—Sí, pero eran llamas… azules. No sé, eso es lo que recuerdo. Me levanté, como suele pasarme, fui a la ventana y vi eso. El castillo, las llamas… ¡Ah, sí! Y como un espectro. Algo etéreo, entre el fuego. No estoy seguro de si era alguna criatura ardiendo o si el fuego tomó el aspecto de un ser fantasmal.
—Quizá lo que te ocurra sea que, de tanta falta de sueño, empieces a tener sueños lúcidos, ya sabes, estando despierto. A mí me pasa a veces justo antes de irme a dormir. ¿Serás sonámbulo? —Vitán, como siempre, acababa yéndose por las ramas con sus ideas. Al menos, lograba calmar un poco a Key.
—Puede, quizá sea eso. Quizá mi mente esté empezando a no saber distinguir lo real de lo que no lo es —dijo Key, dejando la espada a su lado, en la cama.
—Je, tampoco quería decir eso, hombre. Tú intenta descansar, no vaya a ser que mañana en el torneo de tiro termines en segundo puesto. No querrás que te gane yo, ¿verdad? —Vitán sonrió.
Key no había perdido un torneo de tiro con arco en todas las ediciones en las que había participado, claro que en la mayoría no participaba, para hacer el torneo algo más interesante. Como mucho, hacía alguna exhibición.
—Sí… intentaré descansar. Gracias, Vi.
Tras una breve despedida, Vitán volvió a marcharse. En cuanto su hermano salió por la puerta, el gesto de Key se ensombreció. No le gustaba en absoluto lo que había visto; al día siguiente iría, en cuanto pudiera escaparse, en dirección al castillo. A ese maldito castillo. Tenía que descubrir qué significaba aquello. Por más que trataba de huir de toda batalla, al final, los problemas retornaban a él.
Keykum decidió levantarse temprano, para poder tomarse un buen café mientras revisaba su mochila. Siempre viajaba con un equipaje ligero: apenas una muda de ropa, algunos artefactos mágicos sencillos y, eso sí, su espejo adamante. Estaba hecho con una escama del Dragón Supremo de Hielo, el mismo que le proporcionó esa espada. Podía parecer un trasto incómodo de transportar, del tamaño de un plato mediano, salvo por su gran utilidad: le permitía viajar entre mundos, o entre lugares conocidos del mismo mundo.
Pensándolo bien, también le podía servir para echar un vistazo rápido al castillo que había visto en su visión y comprobar que todo estaba en orden, que la Oscuridad no había regresado. Tomó el espejo en sus manos y aplicó en él un poco de su poder. A diferencia de otros elfos, maestros en la magia de tierra y naturaleza, la especialidad de Key desde pequeño había sido el agua y el hielo.
En el instante en que el espejo recibió la energía del joven, la superficie volvió a ser lisa y reflectante, y la escarcha se evaporó quedándose en forma de una ligera neblina fría alrededor. Cuando se reflejó en el espejo, visualizando el castillo, Keykum se transportó en un parpadeo hasta la entrada del mismo. Lo primero que hizo fue usar su magia para ocultar su presencia física y mágica, aunque en un primer vistazo no observó nada fuera de lo común.
El castillo seguía de una pieza, en su sitio. Estaba construido de roca negra y metal anguloso, rodeado aún de un conjuro residual que se usó en su construcción y que aún lo mantenía en pie. La imponente construcción estaba en el centro de un gran lago, que hacía la función de foso. El único puente levadizo que llevaba al interior estaba elevado. De todas formas, Key no tenía intención de entrar.
Por mucho que buscaba con todos sus sentidos, no veía ni escuchaba nada fuera de lo normal, ni percibía alteración alguna en el tejido mágico. Y sin embargo, algo hacía reaccionar a Adamantina. Desenvainando la espada, la usó a modo de brújula. El origen era claro: el castillo. Key chasqueó con la lengua. Iba a entrar, sí o sí.
Una vez dentro, recorrió pasillos y estancias vacías y polvorientas. La espada brillaba como en pequeños pulsos, un reflejo de la energía oscura que el arma percibía, como un preciso detector. Algo sucedía, pero ¿el qué? De repente, las pupilas de Key se empequeñecieron por el terror al darse cuenta de lo que estaba sucediendo. La fuente de esa energía no estaba en el castillo, sino que se estaba alejando de allí. En dirección… a la ciudad.
Salió corriendo hacia la habitación por la que había entrado, para saltar directamente hacia el exterior, allí donde la energía del castillo no distorsionara la magia del espejo, y así hacer el teletransporte lo más preciso posible, para aparecer de nuevo en la ciudad. En el momento en que puso un pie en el suelo de Leria, se produjo una gran onda de energía que le hizo caer de mala forma.
La niebla oscura volvía a invadir la profundidad del bosque y a extenderse hacia la ciudad como un mar de tentáculos de limo viscoso. Su hermano, en la plaza, lo buscaba con la mirada, aterrado, como aquel día, más de doscientas eras atrás. Pero Vitán ya no era un crío, y sabía que lo mejor que podía hacer era ayudar a la gente a evacuar la ciudad.
Y entonces, entre la bruma, la profunda voz de Darken sonó a su espalda:
—Ha pasado mucho tiempo, joven Guerrero del Dragón.
No había mucho más que hablar, entonces.
Aquí termina el adelanto del primer capítulo.