Portada de El Pecado de una Divorciada, de Anastasia White
Erótica · Autoficción

El Pecado de una Divorciada

Anastasia White

Nunca es tarde para volver a arder.

Ya disponible en Amazon

La historia

Después de treinta años de matrimonio, una mujer firma su divorcio y decide explorar una parte de sí misma que durante años había permanecido en segundo plano: el deseo.

Llegan nuevas experiencias, nuevos hombres, encuentros inesperados y una libertad que hasta entonces no se había permitido. Pero entre todas esas historias hay un hombre que termina convirtiéndose en el verdadero protagonista de su aventura.

Él es El Pecado. Una relación difícil de definir, sin etiquetas ni reglas. Un hombre que aparece y desaparece, que la atrae, la provoca, la desconcierta y consigue mantenerla enganchada a una historia que parece no tener principio ni final.

Mientras intenta entender qué es exactamente lo que los une, ella continúa descubriendo el sexo, el deseo y distintas formas de relacionarse. Su conflicto no está en atreverse a desear, sino en comprender por qué hay alguien capaz de despertar algo que no consigues apagar.

Una historia de deseo, libertad, contradicciones y autoconocimiento, contada con naturalidad, ironía y sin demasiados filtros.

Un fragmento

De la introducción. Lo que hay dentro del libro.

Introducción

Decidí escribir esto con la misma sinceridad con la que abrí la cama: sin florituras, sin pedir permiso. La educación sentimental se nos da empalagosa; la educación sexual, con manuales para otras. Yo tuve que inventarme mi propia gramática a destiempo. Descubrí que el deseo no caduca, que la líbido tiene memoria de acero y que la culpa es el sujetador más incómodo.

Después de treinta años de matrimonio, un día firmé un papel. Un divorcio. Lloré y celebré. Simplemente, respiré. Como si por fin alguien me hubiera quitado la faja emocional de los últimos veinte años.

Y juré tres cosas: dormir sin culpas, reírme con la boca llena, y recuperar la piel. A mi edad, el reloj deja de ser enemigo y se vuelve cómplice: cada minuto que te niegas, no vuelve.

Parecía una tragedia, pero no lo fue. Fue una puerta abierta. Y detrás de esa puerta me esperaba algo que llevaba décadas dormido, mi deseo. Y tenía hambre.

Me lancé al vacío sin arnés. Sin manual. Solo con mis ganas, mis bragas de encaje olvidadas en el cajón y una certeza: quería vivir la vida que no me había permitido, con lucidez, el descaro y la libertad de mis cincuenta y muchos.

No quería amor. Quería sofás, coches, baños de bares, y pasillos con las luces apagadas. Quería follar y escribir sobre ello. Reírme después. O llorar. Pero siempre decidir yo.

Y eso hice. Y lo volvería a hacer.

Pero claro, siempre hay un giro. Y justo cuando parecía que tenía las riendas de mi deseo, apareció él. El que no era como los demás. El que me desarmó con una mirada sucia y voz de mando. El que volvía y desaparecía como un puto eclipse, dejándome a oscuras. El que no follaba: poseía.

Y ahí, en medio de mi libertad recién estrenada, empezó la historia que no he podido cerrar. La historia de El Pecado o El Monarca.

Bienvenidos.

La edad

Un texto de Anastasia White. Sin pedir permiso, como todo lo suyo.

La edad

Hay una frase que empieza a aparecer a partir de cierta edad: «A tu edad…». Y después de esas tres palabras puede venir prácticamente cualquier cosa. Todas sorprendentes.

A tu edad ya no estás para esto, ni para lo otro. Para vestir así o asá. A tu edad ya no deberías tener la cabeza ahí. Deberías sentar la cabeza.

La cabeza. Qué manía con sentarnos la cabeza.

Me encanta ese concepto de «tu edad» y esos consejos que nadie ha pedido. Porque parece que cumplir años lleva incluido un reglamento que alguien se ha olvidado de entregarte.

Yo debo de haber perdido el mío. Nadie me avisó de que, a partir de cierta cifra, había que dejar de tener ganas.

Ganas de reír, de cambiar de planes, de una falda corta, de experimentar otras relaciones, o incluso de mandar a paseo a quien, además de contar tus años, parece empeñado en administrarlos.

Parece que con los años hay que ir cerrando puertas. Menos planes. Menos cambios. Menos sorpresas. Menos ganas. Como si cumplir años fuera una especie de operación de reducción de daños. Y no.

Si acaso, una aprende a elegir mejor dónde quiere gastar el tiempo. Porque el tiempo, ese sí que tiene la mala costumbre de no pedir permiso para pasar.

Es curioso, cuando eres joven todo el mundo te dice que tienes que descubrir quién eres. Cuando ya sabes quién eres, todo el mundo parece empeñado en recordarte quién deberías ser.

Y ahí sí que me entra la risa. Porque resulta que ahora, precisamente ahora, cuando ya distingo lo que quiero de lo que se supone que quiero, alguien pretende explicarme lo que me corresponde. Qué mala suerte. Llegaron tarde.

Con los años tengo menos cosas que demostrar y bastante menos paciencia para vivir según el calendario de los demás.

Y quizá eso sea lo mejor de cumplir años, que una aprende que no tiene que encajar, ni justificar.

A estas alturas ya no estoy para cumplir expectativas, estoy para cumplir años.

Porque a mi edad ya sé una cosa: que mi edad es asunto mío.

Consigue el libro

El Pecado de una Divorciada está disponible en Amazon.

Comprar en Amazon

La crónica sin filtros de una mujer que decide recuperar su deseo y vivir sin pedir permiso.

Ir a Amazon El Pecado de una Divorciada

Sigue a Anastasia

Donde sigue contando sin filtros. Pásate a saludarla.