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La firma del miedo · Libro I · Teresa Pérez Landa

Prólogo

Adelanto gratuito: el prólogo y el primer capítulo. Thriller para público adulto.

El día en el que decidió cruzar la línea que delimitaba lo que los demás esperaban de ella y caminar hacia el lado salvaje, llegó ese punto de inflexión que lo cambiaría todo. Se adentró en la oscuridad y la soledad del bosque, y gritó. Gritó hasta quedarse sin voz. Partió su alma en dos: la Beth Malone que había existido hasta ese momento y la Beth Malone que existiría a partir de ese instante de escisión. Razón y corazón, cada uno en un compartimento estanco.

Un salto de fe. Un salto hacia el destino. Se arrodilló en el suelo y sus lágrimas resbalaron por las mejillas hasta quebrarse en el suelo. Impotencia. El fin de su carrera o el fin de su amor. No había marcha atrás. Ya no. Imposible. Segundos después de poner las manos tapando su rostro para desbravecer las lágrimas se levantó, con valentía; siempre había seguido su instinto desde niña, y ahora debía hacerlo más que nunca.

Continuó caminando por la colina que conducía a Raven's Manor. Cuando cogió la pesada y fría aldaba de la puerta no tuvo ocasión de llamar: una sombra la abrió dejando un resquicio para que pudiera entrar. El graznido de un cuervo se confundió con el ruido de la puerta cerrándose tras ella.

Capítulo 1 · Segunda víctima
Lunes, 27 de noviembre

El cuerpo de una mujer había aparecido a primera hora en el lago Reservoir de Central Park. Cuando Elizabeth Malone apareció acompañada del subinspector Lloyd Conoly los compañeros de la veintidós ya habían acordonado la zona. El aviso les había llegado disfrutando del primer café que siempre tomaban juntos, camino de los juzgados para una reunión con la fiscalía por otro caso.

—Buenos días, inspectora Malone.

—No me trates con tanta pompa, Paul, ¿cuántas veces te lo tengo que decir? —El detective Paul Williams, un poco parado, de un cabello rubio envidiable por lo suave y cuidado que lo llevaba siempre y algo soñador, frunció el ceño—. ¿Qué tenemos?

—Aún no ha llegado la científica; a priori el cuerpo no presenta lesiones, salvo la de la herida mortal. No creo que tenga ni veinticinco años. La dejaron en la orilla con un ramo de flores en la mano. Nunca he visto algo así, excepto el año pasado. Es como si de nuevo hubieran compuesto… un cuadro.

—¿Identificación?

—Ninguna. No sabemos quién es.

—Habrá que esperar hasta que cotejen las huellas —dijo posando un dedo sobre los labios, un gesto muy de Beth Malone cuando su mente daba vueltas sin parar—. Sinceramente, dudo que esta chica esté fichada, pero nunca se sabe.

Segunda mujer que aparecía en las mismas circunstancias. Segunda Jane Doe. Caucásicas, pelirrojas. A la primera víctima nunca consiguieron identificarla, sus huellas no estaban en el AFIS y de poco sirvieron las muestras de ADN sin nada con lo que poder comparar. Se quedó en el CoDIS a la espera de que en el futuro apareciera algo que les diera una pista. Nunca dieron con el asesino y la joven fue bautizada con el nombre de Jane Doe #23-7431. Para Beth Malone era una espina clavada, su primer caso como inspectora.

Aquella chica tendría una familia, o amigos, o una pareja en algún lugar que no sabían qué le había pasado. Difundieron fotos de ella por todas las cadenas de televisión, en la prensa, en páginas web, en redes sociales; pero cada pista que les daban solo llevaba a un callejón sin salida. Después las llamadas se fueron enfriando hasta que quedó como caso sin resolver. Nadie se presentó para reclamarla.

Cada caso les arrebataba un pedazo de alma, se resolviera o no. Y Beth creía que no era la única a la que le sucedía esto; lo veía en el semblante de sus compañeros. No hablaba mucho con ellos fuera del trabajo, a excepción de con Lloyd. Desconectar del todo era imposible, pero sabía que si compartía más de ella de lo que debía, entonces sí que sería imposible relajarse y dedicarle tiempo a esa vida personal que parecía resbalársele entre los dedos.

A ella también le pareció un cuadro desde el principio; en concreto, el de Ofelia del pintor inglés John Everett Millais. Un año atrás la investigación la llevó hasta el estudio del pintor David Smith, un tipo curioso. Había muchos indicios que apuntaban hacia él, como restos de pintura en el cuerpo de la víctima, pero pruebas… solo circunstanciales, y decidieron no arriesgar con una acusación. Óleo de lino, por desgracia una opción muy común entre los artistas. Y la marca que determinó el laboratorio era de las más vendidas en Nueva York.

Tomó unas cuantas fotografías, quería ir cuanto antes a ver al señor Smith. Esta vez la evidencia era clara: o estaban ante un imitador, o tenían un asesino en serie.

—Me voy.

—Beth, oye, Beth, escucha —dijo Lloyd poniéndose delante de ella—. ¿No pensarás ir a verle?

—Es la mejor pista que tenemos.

—Es la única, y el año pasado no nos condujo a nada. ¿Por qué crees que ahora va a ser diferente?

—Lloyd, aparta, algo tengo que hacer hasta que nos llegue el informe forense. ¿Has visto la puesta en escena? ¿Has visto esa herida?

—La misma que la de la víctima del año pasado, sí. Y restos de pintura, también.

—¿Entonces? ¿Me dejas pasar o quieres seguir quedándote aquí sin hacer nada? Solo voy a tener una charla informal.

Si algo tenía claro Lloyd Conoly es que cuando a Beth se le metía algo en la cabeza era imposible detenerla; no había conocido jamás a una mujer más terca. Así que se apartó y le dejó el paso libre.

—¡Debería acompañarte!

—¡Me las apañaré sola, tú quédate hasta que llegue la científica! —dijo gritando; ya había saltado la pequeña valla que rodea el Reservoir, era rápida.

David Smith no estaba en su estudio, así que tomó la dirección de su domicilio, en la zona de Hillcrest, Queens. Beth llegó a media mañana. Terminaba el mes de noviembre y hacía un frío helador que calaba hasta lo más hondo del alma. Llamó al timbre, parecía no haber nadie, las contraventanas estaban cerradas. Cuando ya iba a marcharse, la puerta se abrió de repente.

—Adelante, inspectora.

—Señor Smith, veo que me recuerda —dijo mientras entraba con la mano puesta en su Glock 23.

—¿Puedo invitarla a un café?

—No es una visita de cortesía.

—Imagino, he visto las noticias. ¿Otra vez pensando en mí?

David Smith era un hombre muy atractivo. Barba de dos días, ojeras de muchas noches sin dormir, mente atormentada y, para culminar, una irónica y enigmática sonrisa. Sin embargo, todo ese atractivo desaparecía cuando le imaginaba quitándole la vida a aquellas pobres chicas. Dos, de momento, pero ¿habría más?

—¿Me está tomando el pelo? Claro que he pensado en usted.

—¿No quería hablar conmigo? Entre, por favor, y quite la mano de su pistola, no voy a asesinarla.

Entró. Quizás nunca debió hacerlo; desde el primer momento en el que pisó aquella propiedad algo le dijo que estar allí no era una buena idea, y su instinto nunca solía fallarle.

—Anoche no estuve en Nueva York, inspectora, puede comprobarlo. Cogí un vuelo a Boston para asistir a la inauguración de la exposición de Luc Moreau. Ahí tiene los billetes, he regresado esta mañana —dijo señalando los papeles que había sobre una mesa.

Caminaron por un pasillo largo y estrecho que conducía hasta el estudio. Había varios caballetes con lienzos a medio pintar y otros bien envueltos y apilados en una de las paredes; preparaba una exposición, dijo.

—Circunstancialmente siempre pinta mujeres muertas en posturas y paisajes extraños. Mire este —dijo Beth señalando uno de los lienzos—. Es exactamente la misma postura en la que encontramos el año pasado a quien usted ya sabe, y la misma en la que hemos encontrado a nuestra segunda víctima esta mañana.

—Perdone mi petulancia, pero es una postura muy común. Es Ofelia en el río. Un tema harto repetido en obras pictóricas. Si eso es todo lo que tienen, están perdiendo el tiempo. Yo no soy su hombre.

—¿Cuándo saldrá de la ciudad?

—El viernes, y volveré el domingo. Le daré mi teléfono personal por si tiene alguna otra consulta.

Tomó el papel con el número y salió de allí. Mientras andaba, llamó a sus compañeros de Los Ángeles: necesitaba vigilancia para el señor Smith las veinticuatro horas. Media hora más tarde la llamó Anderson para decirle que no había ningún pasajero registrado como David Smith con vuelo a California. «¡Maldita sea!» Ese bastardo se estaba riendo en su cara.

Estaba enfurecida cuando volvió a la unidad. Allí se encontraba el bueno de Lloyd, con el que era su quinto café del día.

—Me ha mentido a la cara, Lloyd. Me ha dicho que iba a estar en una exposición en Los Ángeles este fin de semana y no hay ningún billete de avión comprado a su nombre.

—Tiene fachada de bohemio, pero se nota a la legua que está podrido de pasta. ¿Has pensado que quizás vaya en un vuelo privado? Queda poco para que los federales asomen sus narices por esa puerta, y lo sabes.

Ella suspiró. El subinspector Conoly la conocía muy bien. Solían comer en un restaurante tranquilo cerca de allí; Beth odiaba el ruido.

—¿Qué tenemos hasta ahora?

—Un enorme dolor de cabeza. Aparentemente es calcado al asesinato del año pasado. En el parque no había nada que nos pueda ayudar, estaba limpio. Le hemos tomado huellas, pero tampoco están en el AFIS.

—¿Y la abrasión?

—Igual, mismo tamaño, mismo aspecto.

—¿Crees que ha sido producida por nieve carbónica? —preguntó la inspectora.

—A juzgar por el aspecto, yo diría que sí.

—Beth, escúchame, tómate esto con calma, esta vez no fallaremos. Le encontraremos, te lo prometo, pero debes bajar el ritmo.

—No sé si podré. ¿Qué móvil tienen los asesinatos? ¿Qué tienen en común esas dos chicas además de su aspecto físico? ¿Por qué ellas?

El subinspector Conoly cogió la mano de Beth con firmeza.

—Eso es lo que tenemos que averiguar. Y desde cero: olvídate de los pintores. Sigamos mi instinto esta vez; a un pintor no le pega utilizar un puñal de hielo para asesinar.

Lloyd y ella estuvieron esperando la llegada del informe forense hasta bien entrada la noche, hasta que se resignaron a lo evidente: que no iba a llegar. Ninguno de los dos tenía a alguien que les esperase con los brazos abiertos. En sus pensamientos, más de una vez Lloyd Conoly había deseado que esa silueta bajo las sábanas fuera la de Beth. Sabía que ella nunca le había mirado de ese modo… aunque la delgada línea que separa en ocasiones la amistad del amor quizás se acabase de difuminar algún día.

Aquí termina el primer capítulo.

La investigación de Beth Malone continúa en La firma del miedo.
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