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La Magia de lo Inesperado · Adelaida M. F.

Capítulo 1

Adriana

Adelanto gratuito del primer capítulo. Comedia romántica para público adulto (lenguaje desenfadado).

Llego a casa y el silencio me sabe a gloria. Respiro hondo y disfruto de la calma de mi hogar. Y es que, después de seis horas entre adolescentes, para mí no hay mayor placer en este momento.

Dejo el bolso sobre el sofá color crema del salón y llamo en voz alta a mi compañera de piso. No obtengo respuesta, por lo que no ha llegado a casa todavía.

Me dirijo a mi habitación, al final del pasillo, la más grande de las tres que hay, pues fui la primera en instalarme aquí y, por lo tanto, tuve la suerte de poder elegir. Tampoco os creáis que es una suite, pero sí que tengo un vestidor que me viene de perlas porque acumulo ropa que no uso y de la que tampoco me deshago desde hace quince años. Ya sabéis, por eso de que las modas vuelven —aunque no las dos tallas menos que tenía hace diez años—.

Me deshago del pantalón vaquero y de la camisa, cojo el pijama y me voy al baño a ponérmelo y a desmaquillarme. No suelo echarme demasiados potingues en la cara, la verdad. Primero porque no me hacen falta, y segundo porque el exceso de maquillaje me hace sudar. Aunque tengo treinta y siete años, siempre he aparentado muchos menos. No sé si es por mi falta de arrugas o por mi espíritu de veinteañera. Que conste que esto último no lo digo yo, sino mi compañera de piso, que con treinta años dice que de mayor quiere ser como yo. Será cabrona.

Me llamo Adriana, por cierto, que a todo esto ni me he presentado. Y me considero una chica de lo más normal. No, borrad eso, odio la palabra «normal». Soy rara, sí, lo digo. Intensa a veces, un pelín infantil en ocasiones, suelo soltar cosas sin pensarlas, sobre todo cuando estoy enfadada o nerviosa, socializo por obligación y hace tres años que mi marido me dejó porque se nos acabó el amor de tanto (entre comillas) usarlo. Quince años con él, seis viviendo juntos y cuatro casados, para terminar con la relación de la noche a la mañana.

—Tenemos que hablar —me dijo nada más llegar a casa del trabajo—. Creo… que necesito un tiempo, Adri —me soltó después.

Y yo abrí tanto la boca que mi mandíbula a punto estuvo de rozar el suelo.

—Espera… ¿Qué? —atiné a responder sin poder creérmelo.

Manu —que así se llamaba… bueno, se llama, que el muy gilipollas no ha pasado a mejor vida todavía—, visiblemente nervioso, se puso a dar vueltas por el salón.

—Llevo días pensando en esto, en nuestra situación…

—¿Qué situación? —le pregunté ojiplática.

Porque ni estábamos atravesando una crisis, ni yo era consciente de que el matrimonio fuera mal. Teníamos discusiones, por supuesto, como todas las parejas. Últimamente, porque él estaba hasta arriba de trabajo y apenas sacaba tiempo para mí. El tema de los niños también lo habíamos hablado un par de veces, pero yo no estaba segura de quererlos. No tengo ese instinto maternal, ni quiero tenerlos por una obligación social. Y él, en su momento, me dijo que a su edad tampoco se veía con críos.

—Ya sabes, últimamente apenas nos vemos. El sexo… bueno…

—Cariño, no follamos porque vienes cansado o porque siempre es cuando tú quieres, y a mí no me da la gana, la verdad. Te he buscado algunas veces y me has rechazado…

—Joder, es que después de doce horas trabajando estoy muerto.

—Ya, y cuando no trabajas también. Joder, siempre lo mismo… —supongo que, en ese momento, exploté. Empecé a ser consciente de que sí, de que fallaban cosas y yo no lo sabía, o sí, pero opté por no querer verlas.

—Mi mente y mi cuerpo no dan para más…

—¿Entonces esto es solo por el sexo?

—No, Adriana, es por todo en general.

—Has conocido a alguien —afirmé más que pregunté. Porque sí, llamadlo intuición femenina si queréis, pero lo supe. Supe que había alguien más.

—Pero, ¿cómo voy a conocer a alguien más si estoy hasta arriba de trabajo? —inquirió con nerviosismo. Y su actitud me lo corroboró. Así que, con todo el dolor de mi corazón y una sensación de fracaso total, me armé de valor y le dije:

—No te voy a dar un tiempo. Si tienes dudas sobre nuestra relación o sobre mí, es que no me quieres lo suficiente. Y yo no voy a andar esperándote. ¿Quieres dejarlo? Lo dejamos. Hablamos con nuestros abogados, y listo.

—Cariño, tampoco es eso —suavizó la voz y se acercó a mí, pero yo me alejé—. No quiero terminar con nuestro matrimonio. Solo necesito aclarar ideas…

—Puedes planteártelas mientras preparamos los papeles.

—Joder, Adriana, no seas tan radical… —Manu era muy de dar la vuelta a la tortilla, de hacerte quedar mal o hacerte sentir culpable. Pero esta vez no lo iba a conseguir.

Y para mí, Manu lo era todo. Mi primer amor, mi primera vez… Tenía treinta y cuatro años y la sensación de estar a punto de lanzarme al vacío y sin paracaídas.

Tres meses después de esa conversación firmamos los papeles de la separación. Él se quedó el piso y yo alquilé este. Lo último que supe de él es que se había estado tirando desde hacía dos años a la secretaria de su jefe. Menudo cliché, ¿eh? Pero no lo busqué para echárselo en cara; preferí ignorar eso y seguir hacia delante.

Los primeros meses fueron muy duros. Sentía que había perdido una batalla, como si me hubiese vencido el fracaso. No concebía una vida sin Manu. Él había sido mi zona de confort, y ahora me sentía como si estuviera atravesando unas arenas movedizas interminables.

Meses después conocí a Sergio, un chico un par de años mayor que yo, que llegó en un momento en el que yo estaba empezando a quererme. Sin embargo, apenas seis meses después me dejó por su exnovia, con la que había roto un par de años atrás.

—Ya sabes, Adriana, que los primeros amores nunca se olvidan. Y Silvia siempre ha estado ahí —me soltó el muy caradura.

—Eres un gilipollas —le respondí.

Me levanté del sofá, me dirigí a la puerta, la abrí y con un gesto le indiqué que se largara. Y el muy imbécil incluso quiso darme un beso de despedida.

—¿Perdona? —inquirí mirándole con cara de «¿tú estás loco?».

—Ah, ¿pero tan enfadada estás?

—Pues claro que estoy enfadada. Estás cortando conmigo. Estás dejándome por tu ex. ¿Qué quieres? ¿Un abrazo? ¿Que os invite a los dos aquí a tomar café?

—Tampoco hace falta que te pongas así. Agradece que haya sido sincero.

—Coño, espera que me arrodillo y te beso los pies.

—Nunca me han gustado tus ironías. Ahora vete. —Con aquella frase se marchó por la puerta más rápido que el correcaminos.

Hace ya un año y algo de aquello y, aunque he seguido conociendo a chicos, la verdad es que ninguno me ha interesado lo suficiente para plantearme una relación. Y lo agradezco, porque ahora mi cabeza está tranquila y mi corazón en calma, a buen recaudo. Tengo una de esas aplicaciones que están de moda para conocer gente, pero es que me da pereza. Es un quiero y no quiero.

En fin, que tampoco quiero daros la brasa con mi desastrosa vida amorosa. Mejor os hablo de mi trabajo, que me gusta más. Soy profesora en un colegio de Sevilla. Disfruto de mi trabajo, pero hay días que no puedo ni con mi alma, y hoy ha sido uno de esos: he tenido que separar a dos chicos que estaban a punto de llegar a las manos, lidiar con una alumna a la que le ha dado por pegar un chicle en el pelo de su compañera y, para rematar, he discutido con el profesor de matemáticas, don Andrés, que se empeña en dar clases con una regla en la mano, dirigiéndose a los chicos por sus apellidos. En cuanto ha empezado a aporrear la pizarra, me he ido directa a llamarle la atención. ¿Su respuesta? «Métase en sus asuntos, señorita Ortiz». Me he encendido y le he dicho que sí, que mucha disciplina, pero que carecía de poquísima educación. Y me he largado dejándole con la palabra en la boca. Me he quedado la mar de a gusto.

Termino en el baño y me dirijo a la cocina. Estoy muerta de hambre. Menos mal que por fin es viernes, porque menuda semana más larga. Ya estoy contando los días para el verano, y todavía estamos en marzo…

✦ ✦ ✦

A media tarde llega mi compañera de piso, Míriam. También profesora, pero en otro colegio. Es de Valencia, pero hace dos años que pidió la plaza aquí para cambiar de aires y dejar atrás al tóxico de su ex, un tío que no aceptó nada bien la ruptura. La situación la ha dejado marcada; ahora va con pies de plomo en eso de conocer a hombres.

—Hola, guapa. ¿Qué tal tu día? —me pregunta con una sonrisa dejando las cosas sobre la mesa del salón.

—Pues como siempre, ya sabes, luchando contra los adolescentes, la edad del pavo y las hormonas revolucionadas —le respondo con cara de hastío—. ¿Y tú qué tal? ¿Cómo se han portado los peques hoy?

—Bien, ya sabes. Algunos más traviesos que otros, pero son adorables. He tenido suerte este curso.

Sale de la cocina con un par de sándwiches de jamón de york y queso y se deja caer en el sofá a mi lado.

—Joder, los días que toca evaluación son una tortura. Entre corregir exámenes, preparar material nuevo y tratar con los padres, he llegado a la conclusión de que necesito unas vacaciones.

En ese momento, el teléfono de Míriam suena. Se levanta a toda prisa, busca el teléfono y responde con una sonrisa:

—Hola, enano.

Así es como se refiere a su hermano pequeño, Jaime. En estos dos años que llevamos viviendo juntas, ha sido el que más me ha nombrado, a pesar de que el chico tiene ya veintitrés o veinticuatro años.

—¡Ostras, qué guay! ¿Cuánto tiempo te quedas? … ¿Tres meses? —La sonrisa de Míriam se acentúa—. Antes de ponerte a buscar, le voy a preguntar a mi amiga, ¿vale? … Venga, enano, hablamos después. Te quiero.

Míriam cuelga y se gira hacia mí con una sonrisa radiante.

—Muy fuerte. La empresa de mi hermano Jaime lo envía tres meses aquí, a Sevilla, para trabajar en la nueva oficina que han abierto.

—Me alegro muchísimo, tía.

—Gracias. El asunto es que alquilar algo para esos meses le saldría carísimo. Así que he pensado… no sé, ¿qué te parece si se queda con nosotras en el piso durante ese tiempo? Tenemos la habitación pequeña libre.

—Me parece genial —le digo con una sonrisa.

—¿De verdad que no te importa? Es que será más cómodo para él y más económico. Y seguro que querrá pagar su parte del alquiler.

—Claro que no. Son tres meses y, por lo que me has contado de él, me parece un buen niño y de lo más responsable. Creo que nos vamos a llevar muy bien.

—Te aseguro que sí. Mi hermano es un encanto.

—Entonces sin problemas. Eso sí, esa habitación está repleta de trastos, así que habrá que adecentarla. ¿Cuándo viene?

—A final de mes, porque hasta primeros de abril no se incorpora en su nuevo puesto.

La idea de compartir piso con un chico no me ilusiona demasiado. Primero porque me va a cortar el rollo, y segundo porque, si quiero traerme a alguien aquí, voy a estar incómoda teniendo al hermano pequeño de mi amiga en la habitación de enfrente. Pero, en fin, van a ser tres mesecitos de nada. No creo que vaya a trastocar tanto mis planes, ¿no?

Aquí termina el primer capítulo.

La historia de Adriana y Jaime continúa en La Magia de lo Inesperado.
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