El monstruo
Aviso de contenido: este capítulo describe maltrato y abuso infantil. Lectura destinada a público adulto.
La luz de la luna apenas entraba por los agujeros de las persianas de aquella habitación gélida, que siempre olía a humedad. Escuchó los pasos por el pasillo, haciendo gemir lastimeramente las lamas de madera carcomida de aquella vieja casa. Sabía que en unos segundos la puerta se abriría.
Cada noche se repetía la misma escena. Cenaba en silencio el plato que su madre, sumergida en un viaje de alucinógenos y opiáceos, era capaz de preparar. Solía consistir siempre en salchichas Frankfurt o en lo que intentaban ser unos huevos fritos que acababan convertidos en una mezcla de huevos revueltos, rotos o tortilla francesa, según el nivel de temblor de sus manos.
Ella esperaba sentada, con la mirada baja, intentado no enfurecerla, no ser un estorbo, especialmente en aquellos momentos en los que no había podido contactar con su camello o no había conseguido suficiente dinero para el pico de esa noche.
Cuando terminaba de cenar recogía el estropicio que su madre había dejado en la cocina. Se asomaba al salón para dar las buenas noches y asegurarse de que aquella no se había dormido con un cigarro encendido en las manos o en la boca. Apenas tenía siete años y, sin embargo, su instinto de supervivencia le decía que era fundamental revisar detalles así antes de meterse en la cama.
Subía a su habitación casi corriendo, se metía entre las sábanas tapándose la cabeza, deseando que esa noche su padre se hubiera desmayado en alguno de los bares que frecuentaba. Le había deseado la muerte tantas veces que temía que Dios la castigase por ello. De hecho, cuando escuchaba sus pasos sobre la madera del pasillo sabía que su castigo se acercaba. Aquel olor a alcohol barato mezclado con la agria fragancia del orín seco en los pantalones.
Su cuerpo se tensaba, miraba hacia la ventana y se concentraba en contar los agujeros de la persiana mientras su padre abusaba de ella. No recordaba cuándo había comenzado a hacerlo. Al principio gritaba, lloraba y se resistía, pero conforme pasaba el tiempo se dio cuenta de que aquello solo alargaba más el sufrimiento. Ahora las lágrimas caían silenciosamente por su rostro en cada embestida de su padre mientras murmuraba palabras ininteligibles.
Cuando se corría se levantaba de la cama y salía de aquella habitación dejando el ambiente cargado de vergüenza, de dolor, de odio. Hacía meses que no asistía a la escuela, pero nadie parecía haberla extrañado. No tenía amigas ni vecinos cerca. Apenas salía de casa. Durante el día lavaba su camisón con asco, intentando borrar cualquier resto de su padre.
Su madre no se despertaba hasta bien entrado el mediodía y muchas veces cuando se levantaba maldecía su vida, salía por la puerta y no volvía hasta por la noche. Había aprendido a sobrevivir con lo que encontraba en los armarios. Unos días el menú consistía en galletas saladas ya rancias, otros, restos de patatillas que encontraba en la mesa de la sala. Aunque su dieta se reducía básicamente a leche con cereales.
Solía encerrarse en su cuarto, el único que mantenía algún orden y cierta limpieza y releía los pocos libros que conservaba de cuando asistía a la escuela. De alguna forma conseguían evadirla de allí.
Una noche escuchó a su padre tratando de atinar con la llave en la cerradura. Maldecía a voces. Estaba tan borracho que le costaba mantenerse en pie. Durante unos segundos dudó si bajar a abrir la puerta. Lo miraba asustada detrás de la cortina de su cuarto. El hombre se balanceaba sobre los talones. Ella seguía allí agazapada deseando que no pudiera entrar, que el monstruo se quedase fuera esa noche. Por primera vez en su vida su deseo se cumplió. En un vano intento por mantenerse en pie, miró hacia la ventana de su hija pensando en que si aquella mocosa estaba despierta leyendo alguno de aquellos estúpidos libros viejos, quizá podría abrirle la puerta. Sin embargo, cuando echó la cabeza hacia atrás, perdió el poco equilibrio que tenía y cayó de espaldas desde el único peldaño que tenía la entrada de casa.
Ella lo vio allí, tirado bocarriba. Tenía los ojos abiertos, con la mirada hacia el cielo. Pensó que lo dejaría allí toda la noche, y mañana le abriría. Esa noche fue una de las más gélidas de aquel inestable otoño. La pequeña se vistió su mono vaquero lleno de manchas, con sus botas desgastadas y rotas. Desayunó un poco de leche con los últimos cereales que quedaban.
Su madre, como era habitual estaba desmayada en el sofá. Una jeringuilla vacía colgaba de su brazo. Tenía un aspecto horrible. Desde que había muerto su hermana pequeña en la cuna mientras dormía, su madre había muerto en vida con ella. Nunca volvió a ser la misma. La gente sentía lástima por ella, sin embargo, se olvidaban de la hija mayor que seguía siendo muy pequeña como para cuidar de ambas.
Abrió la puerta de la entrada con cuidado. Esperaba que el ruido de las oxidadas bisagras despertase a su padre. Estaría de un humor de perros por lo que había pensado en salir corriendo lejos de sus manos. Sin embargo, cuando puso los dos pies en el peldaño, su padre seguía allí, sin moverse. Se acercó un poco más, convencida de que en cualquier momento su padre agarraría uno de sus pies y ya no podría escapar. Seguramente la había visto escondida detrás de la cortina.
Le extrañó comprobar que seguía con los párpados abiertos, pero no se movía. Cuando estuvo lo suficientemente cerca se dio cuenta de que aquellos ojos ya no miraban. En la caída se había golpeado fatalmente la base del cráneo y de uno de sus oídos había salido un hilo de sangre. Se sentó en el peldaño junto al cuerpo sin vida de su padre. Se miraba las botas y tarareaba una canción que había escuchado en la tienda de Paqui el otro día. Allí sabían de la situación de la familia y de vez en cuando le daba latas que habían llegado abolladas y no podían servir al público, docenas de huevos que habían salido algunos rotos, y Paquita, una mujer enorme, siempre le metía a escondidas de su marido una caja de cereales y le guiñaba un ojo cuando le daba la bolsa.
No era consciente del tiempo que llevaba allí sentada. Miraba los pájaros posándose en las ramas de aquel viejo árbol que ya desnudo de hojas tenía un aspecto algo tétrico.
El sol ya estaba en lo más alto del cielo cuando escuchó a su madre dentro. El grifo de la cocina se había abierto. Siempre se despertaba sedienta, con una mezcla de sentimientos de fracaso y desesperación que solo aplacaban las drogas. Evitaba cruzarse con su hija porque sabía que había fallado como madre, que estaría mejor sin ella. Cuando cada noche se metía la dosis de heroína que conseguía a cambio de sexo con el camello esperaba simplemente morir. Volver a tener a su pequeña en brazos. Los médicos le habían dicho que había sido muerte súbita, que no hubiera podido hacer nada por ella. Sin embargo, ella recordaba que aquella noche había discutido con su marido y se había ido a dormir sin darle siquiera un beso de buenas noches a sus hijas. Si hubiera comprobado si todo iba bien quizá le habría salvado la vida.
Nunca se lo había podido perdonar, ni a ella ni a su marido al que desde aquella discusión no le había vuelto a dirigir la palabra. Aquella noche había vuelto a llegar borracho. Trabajaba en la construcción y al salir de la obra solía ir a tomar unas copas al bar de carretera que estaba a las afueras. Volvía siempre agresivo y excitado. Cada mañana parecía arrepentido de su actitud, pero por las noches la historia se repetía. Aquella noche ella le dijo que se había terminado. Que al día siguiente cogería a las niñas y se irían para siempre. Él se había quedado en el sofá riéndose de ella, ridiculizándola por ser una limpiadora de culos incapaz de mantener a sus hijas con lo poco que ganaba en la residencia de ancianos. Ella respondió con un sonoro portazo y por la mañana cuando fue a la habitación de las niñas para vestir a la mayor para llevarla al colegio se dio cuenta de que la pequeña no se movía. En ese mismo instante su mundo se derrumbó y su corazón dejó de latir, aunque su cuerpo se empeñaba en seguir con vida.
Por la ventana de la cocina escuchó a su hija canturrear fuera. Hacía frío, decidió salir y echar un ojo. Al abrir la puerta se dio cuenta de que su marido yacía sin vida. Se sentó en el suelo junto a su hija.
—Hasta en esto ha tenido suerte el hijo de puta, y yo sigo aquí. Voy a vestirme, acércate donde Paquita y pídele que llame a la policía. Dile que papá necesita ayuda en casa.
La pequeña se levantó, esquivando el cuerpo de su padre y caminó tranquila hacia la tienda. No miró atrás. Su madre se metió en casa y se preparó un chute con todos los restos de gramos que encontró por casa. La niña estaría mejor sin ella. No se había quitado antes la vida para no dejarla a solas con aquel desgraciado, pero ahora era el momento de que se la llevaran a un sitio mejor.
Cuando llegó la policía encontró el cuerpo sin vida de ambos progenitores. La pequeña fue llevada al Centro de Huérfanos de las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús.
Aquí termina el primer capítulo.