El bufet libre

(O cómo el poliamor puede pillarte desprevenida con una copa en la mano)

Admito que «poliamor» me parecía una palabra vacía y poco atractiva. Algo que lees en artículos modernos, comentas con una copa de vino y guardas en el cajón mental de «interesante, pero no para mí». Como el yoga aéreo o el ayuno intermitente: muy bien en Instagram, pero dudoso cuando lo practicas sin manual.

Estaba sentada con Victoria en una terraza de Malasaña, de esas con mesas diminutas, sillas incómodas y camareros que te juzgan si tardas más de diez minutos en pedir. Ella llevaba unas gafas de sol enormes y cara de editora cansada del mundo. Yo, un vestido cómodo y una copa de vino blanco que ya iba por la mitad.

Victoria se inclinó hacia la pantalla con interés profesional, como si estuviera evaluando una novela inédita.

Le pasé el móvil.

Era muy atractivo. Su sonrisa iluminaba la pantalla y las fotos estaban cuidadosamente seleccionadas, mostrando una autenticidad que no se ve en todos los perfiles: una en la playa, otra sumergido en un libro y una más con un perro que parecía más dispuesto a conectar emocionalmente que muchos hombres que he conocido. Nada raro, nada alarmante; nada que activara mi radar interno de «huye ahora».

Victoria bebió café. Despacio.

En la bio había más información: «Me gusta conversar. Creo en el respeto y en los vínculos honestos».

Victoria sonrió.

Así que quedé.

Cuando apareció, llevaba un outfit que llamaba la atención. Me dio dos besos, muy ceremoniosos y calculados, como si estuviera calibrando mi energía. Nos sentamos y pedimos vino. Hablamos de trabajo, de viajes, de libros. La conversación fluía con naturalidad. Me reí y me relajé sintiéndome a gusto, cómoda.

Pensé: «Vale, quizá no todo está perdido».

Y entonces, como quien advierte de una alergia grave después de haberse comido el postre, lo soltó:

En ese momento, debería haber salido corriendo. Pero no lo hice.

Parpadeé, tratando de procesar la información.

Asentí no por comprensión, sino por pura supervivencia.

Me explicó que tenía varios vínculos activos: una expareja con la que convivía por coherencia emocional y otras conexiones en distintas fases de exploración.

Sonrió, aunque no captó la ironía.

Claro, descubrirlo sentada, con una copa de vino en la mano y con expectativas moderadas, es mucho menos condicionante.

Se ofendió un poco. No mucho. Lo justo para seguir hablando.

Solté una carcajada, pero, en el fondo, la inquietud seguía ahí. Aquel bufet parecía más un caos que un festín. Mientras él seguía hablando de amor como si fuera un juego, yo me preguntaba si realmente quería jugar.

Con un suspiro, decidí que tal vez era hora de buscar mi propio menú. Después de todo, nadie merece ser solo un postre.

Y mientras pensaba en lo absurdo de todo, me di cuenta de que, al menos, había salido con una anécdota más para contar en la próxima cena con amigas.

Al llegar, lo primero que noté fue el olor: tomate, ajo y albahaca. Pablo estaba en la cocina, descalzo, con una camiseta vieja que había sobrevivido a demasiados lavados y un cucharón de madera en la mano, como si fuera un cetro real que proclamaba su dominio en la cocina.

La música sonaba bajita; jazz. Siempre jazz cuando Pablo cocinaba, como si las notas del saxofón fueran el único argumento necesario para convencerse de que todo iba bien.

No se rio; asintió, como si captar mi hambre del alma fuera un plato en su menú del día.

Me senté en el taburete alto; lo observé remover la salsa con calma. Nada de prisas, nada de nervios. Nada de cuéntamelo todo ya.

Le conté todo. Pablo escuchó sin interrumpir, sin corregir, sin convertirlo en una lección.

Pablo se detuvo. Me miró. Parpadeó una vez.

Pablo volvió a remover la salsa.

Pablo rio por lo bajo.

No lo dijo mirándome. Y, aun así, me estremeció.

Pablo sirvió la pasta. Me puso queso sin preguntar y se sentó frente a mí.

Comimos en un silencio confortable, uno que abraza en lugar de incomodar.

Lo miré.

Reímos.

Pensé la respuesta.

Me observó con atención.

Terminamos de cenar, recogió los platos y me dejó una taza de té delante.

Me levanté para irme a mi habitación y, antes de entrar, me giré.

Y, en ese momento, comprendí algo revelador y hermoso a la vez: no estaba cerrada al amor, sino al cansancio disfrazado de evolución.

Si para entenderte tengo que estudiar un máster, no es una cita; es un curso intensivo.

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