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Relato

El violín que no cesa

Semana del 16 de septiembre, 2026

— Rafael Mariscal Roca

Respirar hondo a las seis y media de la mañana, sea cual sea la cuidad en la que se hace, abre los pulmones, aún más si lo haces cerca de algún río o junto al mar. Judith no vive ya al lado de su mediterráneo natal. La suerte de asomarse a la ventana, contemplar el atardecer y ver el mar engullir el sol de la noche temprana se acabó.

Pero el cambio para Judith fue maravilloso, cuando le llegó aquella carta de la filarmónica de Paris para hacer la prueba para tercer violín no podía creérselo. Más de diez años de carrera y el deambular por distintas escuelas de música, conservatorios con horarios intempestivos para sus clases y los ensayos, cuando ya lo daba todo por las oposiciones de magisterio, esa carta y su vida no volvió a ser la misma.

Más de dos años hace ya que llegó a su pequeño estudio junto al Senna. La filarmónica le proporciona un sueldo estupendo, pero en Paris los alquileres son desorbitados para una chica sola de treinta años y aunque ella no se siente sola nunca teniendo a Scott a los pies o dentro de su cama o con su gran amor a su lado, plantearse otro tipo de vivienda ahora mismo es impensable.

Suele levantarse algo antes, sobre las seis. Hoy vio a su espalda un bulto con la sábana puesta por encima, relajado y en silencio. Evitó encender la luz o hacer ruido para no despertarle. Busca las zapatillas en la oscuridad y se va al baño a terminar de arreglarse. Scott andará escondido por algún rincón, no es que sea un San Bernardo, pero ese perro es el más escurridizo de toda Francia, Lupin lo podría fichar para algún de sus golpes, a sigiloso no le gana nadie, ni los gatos.

Tras terminar de prepararse baja al portal. Es de noche, la luz de las farolas se refleja en el suelo, hace demasiada humedad para que se seque tan pronto la lluvia de la pasada noche. En ese momento del día está solo ella, su respiración y la carretera. Su entreno es corto, han sido meses sin entrenar, apenas podía moverse. El cansancio me tiene atada, decía. Ahora vuelve a su rutina con cuidado de no lesionarse.

A la media hora, está en su apartamento de nuevo y ya ha amanecido. La luz entra por la ventana de la estancia y Scott sale a recibirla con su muñeco de Ms. Marvel en la boca. Ese perro quiere a su dueña casi tanto como a ese muñeco que le regaló una amiga cuando lo adoptó. Judith se percató que su amado bulto de la cama se había desvanecido.

El animal, impertérrito, le sostenía la mirada dejando caer su muñeca, la cual al tocar el piso hizo un sonido que activó al can. Era momento de que ambos se alimentase. Un desayuno frugal para ella, pan, fruta y un café. Para él, pienso y luego existe, solía decirle la ingeniosa dueña.

· · ·

Las mañanas de Judith vuelan cuando tiene ensayo en el conservatorio. Bicicleta, violín y mochila, es todo lo que necesita para pasar un día maravilloso mientras se esforzaba en tocar a la perfección Clair de Lune de Debussy. La melodía salía, susurrante de su arco, apenas era perceptible si no se estaba cerca, poco a poco se iba acelerando, no se convertía en un diabulus in música, ni mucho menos. Pero cuando una pieza está pensada para piano y tú la haces tuya para violín…todos los sonidos adquieren un matiz especial. Ahora pertenecían más a Judith que a Debussy, aunque eso no era capaz de pronunciarlo en voz alta.

Muchas personas le hablaban en las últimas semanas de la rutina y de lo maravillosa que le sería ahora cuando había vuelto a su vida después de ese parón. Pero a ver, que no había sido para tanto, unos días con algo más de ansiedad de la cuenta, un poco de cansancio extra, no veía porque tanto revuelo.

Judith: Ni una nota esta mañana, ni un iconito de un besito…me tienes abandonada, esta noche exijo compensación.

Chris: Hacía más de un mes que no tenía noticias suyas, ya le dije que tiene el número mal de esta persona. Disculpe, buenas tardes.

Judith: ¡Qué gracioso eres para ser francés! Te veo esta tarde/noche. Llevaré sushi.

El sueldo no dará para un apartamento estudio más lujoso, pero que fuera de la temporada de conciertos, termines tu jornada laboral a las dos de la tarde, es una maravilla. Lo único malo es que no puedes adaptarte al horario francés del almuerzo y tienes que buscar otra española rezagada para que te acompañe y lo mismo si ha vuelto a dejarlo con ese chico tan mono que empieza y acaba cada semana, se van de compras por la zona de La Ópera.

Pasan la tarde entre risas y una pizza, paseando por el barrio de La Opera, viendo los cafés abarrotados de turistas que pagan cinco euros por un café de en Paris y otros tres, por el postre típico de Francia. El croissant más seco e insípido que han encontrado en la estantería para ese turista quejoso y sudado de tanto patear con su plano en mano, todos los maravillosos monumentos que Paris ponía a sus pies a un precio para nada módico.

Se despiden, no sin antes Adriana volver a insistir en pasar la noche con ella o en casa de Judith. Negativa al canto, su sushi y ella se vuelven a Rue Le Rose 15, bajo primero. El sol que la saludó mientras corría, parece que también lleva unas Asics puestas y corre a esconderse tras unos edificios colindantes al suyo.

El estudio está en silencio, capaz es el muy idiota de no haber venido – piensa Judith-

Responde Scott en su lugar, corriendo al lado de su dueña que al alzar la vista ve a su amado agachado en la silla. Su corazón se calma y vuelve a sonreír, sin embargo, la sonrisa dura poco. Enciende la luz y la pareidolia la devuelve a la realidad, era solo un montón de ropa.

De repente todas las imágenes le sobrevienen a la cabeza, como si las estuviera viviendo en ese momento: las luces del coche de frente, la lluvia en el asfalto, el coche siniestrado y la sangre. Sin pensarlo coge el teléfono, temblorosa.

Y así es como Judith vive desde hace unos meses. En un mundo real y otro paralelo en el que el dolor no existe hasta que cae su velo.