El hospital
La sala estaba abarrotada. El sonido más común era la tos, como un concierto de angustia y dolor. El padre Damián Fortea iba ya por el tercer café. Ese brebaje de sabor indefinido pero que, aun así, calentaba la garganta y hacía que la mente se distrajera unos instantes.
Miró a su alrededor. Caras de dolor, de sufrimiento y desesperación. En aquel año de la década de los noventa del siglo veinte, la asistencia sanitaria pública siempre estaba abarrotada. Mucha gente no tenía otro recurso salvo acudir al hospital intentando buscar una solución a sus males.
Sentía muy bien que su corazón estaba como atrapado en un puño; miró de reojo a María, su feligresa. Su rostro, que apenas llegaba a los cuarenta años, estaba destrozado. Todo el dolor, el calvario que padecía, había ajado sus facciones, los ríos de lágrimas dejaban su marca en las mejillas, los ojos vidriosos y sin luz desesperaban el alma tan solo con mirarlos. Ella, sentada en la silla, tan solo movía los labios, aferrada a un rosario que él mismo había bendecido meses antes.
No pudo evitar que una oleada de sentimientos llegase a su cabeza. Sintió rabia porque uno de ellos fuese furia.
Eran años muy duros en el barrio donde tenía su parroquia, Santa Rosa de Lima, en plena periferia de la ciudad, Benicalap, una de las zonas castigadas por la lacra más mortal de esos días: la heroína.
Había llegado a la parroquia tan solo un año y medio atrás, era su primer destino en solitario tras su ordenación. Sabía bien dónde iba, él mismo se había criado en otro barrio similar y tenía muy claro que su primera obligación era la de darlo todo por ayudar a los vecinos, incluso si no eran feligreses ni asiduos a la liturgia.
Pronto pudo descubrir que toda solicitud de ayuda, medios y similares eran respondidos con largas o con la manida frase de la falta de fondos. Estaba solo ante los problemas del barrio.
Decidió dejar algo de lado las ceremonias que llevaban poca gente a ellas y se centró en crear ayudas y encuentros para intentar luchar contra los problemas que de verdad cercaban a su comunidad.
Aquella noche, cuando María llamó a su puerta, saltó de la cama y se quedó petrificado al escuchar cómo aquella mujer destrozada le narraba lo sucedido, entre las ácidas lágrimas que corrían por su cara.
Desesperada por la tardanza de Marta, su hija, quiso salir a la calle para buscarla, pero no hizo falta: en el mismo patio del edificio la encontró junto con ese amigo que se llamaba Juan. Ambos tumbados cerca de la puerta. El grito desgarrador de una madre retumbó por la escalera, pero ni una sola puerta se abrió, nadie quiso saber nada, estaban demasiado acostumbrados a los alaridos y barullos. Cada cual iba a lo suyo.
La pobre madre trató de despertarlos de su extraño sueño, pero era inútil, no reaccionaban. Sin saber qué hacer, solo pudo pensar en la persona que siempre estaba para todo y sin pensarlo recorrió los metros que le separaban de la vivienda del sacerdote.
Tras un resumen rápido, los dos llegaron al patio de María, donde allí seguían tendidos. Damián hizo lo que pudo por intentar que reaccionaran, pero era imposible.
Desde una cabina llamó a una ambulancia que, dicho sea de paso, se tomó su tiempo para acudir. Se llevaron a los dos. María y él los siguieron en el viejo coche del cura.
Allí estaban ahora, cinco horas después, esperando noticias mientras que el sol ya pugnaba por asomar un día más.
Damián dejó caer el vaso de plástico a la papelera, ya casi ni saboreaba el líquido pero le mantenía alerta, intuía que la tardanza no era buena señal.
Miraba a la destruida madre, todo su ser le pedía que la abrazase, que le hiciera sentir arropada, pero al mismo tiempo se sentía tan inútil que se avergonzaba de ello y eso le producía reparo para el consuelo.
A esas horas del amanecer, la multitud había disminuido bastante, podía contar menos de veinte personas, incluyendo acompañantes. Ya se había dado cuenta durante toda su estancia que alguien con su indumentaria sorprendía y no eran pocos los que miraban atónitos al ver a un sacerdote allí, pues estos aún vestían con el alzacuellos, pero eso se quedaba en mera anécdota.
Muchos de los pacientes habían salido con una sonrisa, con el papel del alta, aquello que les había asustado no había sido más que un aviso para cuidarse más. Otros, cabizbajos, ansiaban noticias de sus familiares, que estaban a saber dónde. La espera, la incertidumbre, es lo que más destroza el ánimo de la gente que tiene un ser querido en algún lugar de un gigantesco hospital.
Pensó en acercarse al mostrador para volver a preguntar por Marta y el otro joven, pero la última vez la enfermera había dejado de ser amable, incluso viendo la indumentaria del que preguntaba; eso no le amedrentaba, pero se conocía y en esos momentos era necesario ser prudente y no increpar a una funcionaria.
El día ya dominaba por completo el cielo; era paradójico, una mañana radiante, incluso cálida para esa época del año en la ciudad.
El altavoz, con sonido cascado y gutural, escupió el nombre de Marta llamando a los familiares. María, como un resorte, se levantó, sus ojos buscaron los de Damián, que hizo un esfuerzo para emitir tranquilidad, él mismo sentía su corazón latir con velocidad.
Con paso tembloroso, caminaron hasta donde había dicho la voz. María se cogía el brazo de Damián y podía sentir cómo aquella madre temblaba de miedo.
Allí les esperaba un joven con bata blanca impoluta, algo que hizo pensar a Damián que en pocos jaleos se metía para esa pulcritud.
El muchacho les lanzó una leve sonrisa, asintiendo a la vez con la cabeza, mostrando una dentadura perfecta y unos ademanes que, resultaba obvio, eran muy calculados.
—Soy el doctor López. Les tengo que dar una buena noticia, no negaré que nos ha costado, pero por suerte la joven ha salido de la crisis; ha sido duro, pero ha reaccionado bien a los tratamientos y podemos decir que lo difícil ha pasado. Ahora se quedará unos días ingresada para que su cuerpo se recupere. Pero esto es solo algo puntual, para que ella se reponga del todo ha de ser consciente de su problema y plantearse que ha de superar su adicción.
María temblaba como si una ola de gélido invierno anidase en su corazón, todo su cuerpo se sacudía en leves convulsiones. La felicidad alcanzaba a un alma que sufría tanto. Su querida niña se había salvado.
Se abrazó al sacerdote, apretaba como si buscara romperle las costillas, pero Damián sonreía, era el abrazo más sincero y alegre que le habían dado en toda su vida, una cálida sensación de tranquilidad le rozó su corazón. Ahora las lágrimas de María eran de felicidad y no dejaba de acariciar las mejillas del hombre que la había ayudado.
El médico, consciente del momento, se quedó callado unos instantes, dejando que la pobre madre paladeara aquel pequeño milagro.
Damián cayó en la cuenta de algo.
—Por desgracia su corazón no ha resistido, lo hemos intentado, pero no ha sobrevivido.
Aquello borró la sonrisa de Damián. No lo conocía, no era del barrio, pero estaba grabado en su mente su aspecto. No pasaría de dieciocho años, una juventud que había sido exterminada por aquella maldita sustancia.
—Marta ya tiene habitación, pueden subir a verla cuando quieran, la enfermera les indicará.
El ascensor, el pasillo, se convirtió en un tránsito muy largo. Se podía palpar la impaciencia de la madre, que necesitaba llegar a ver a su niña.
Cuando abrieron la puerta, María se frenó: su hija tenía un gotero, el oxígeno y una sonda. Nunca había visto a su pequeña así, pero era la mejor visión de ella desde que nació.
María miró a Damián, que tenía una marcada sonrisa por la escena, le indicó con la cabeza que le cedía el paso. Marta, desde la cama, alzaba los brazos, pidiendo la cercanía de ellos. Se acercó a la joven, que le abrazó con cariño.
—Gracias, padre —le susurró la joven.
Tras ese momento, dejó paso a la madre, que se abalanzó y se fundió en un abrazo eterno con su única hija.
Damián, un poco apartado, dejó brotar sus lágrimas; cuando son de felicidad, lo salado de ellas tiene un sabor distinto. Una oleada de calor llenó su alma.
Luego de esos maravillosos momentos, la estancia quedó en calma.
—Mamá, padre, ya me han contado los doctores todo, soy consciente de que me he salvado de milagro, que por poco no lo cuento. He tomado la decisión de poner fin a esto. Sé que no me va a ser fácil, pero prometo que pondré todo para salir de este pozo, de no hacerte sufrir más, mamá. Ya sé lo de mi amigo y justo es eso lo que me ha dado la fuerza necesaria para volver a creer en mí misma.
—Mira a tu madre, la acabas de hacer feliz. Sabes que puedes contar con toda mi ayuda. Has tomado la única decisión buena —apostilló Damián.
—Padre, nunca podré darle las gracias por lo que ha hecho por nosotras, le debo la vida de mi hija y la mía propia. Gracias mil veces.
La mujer se abalanzó al padre y le besó la mano en repetidas ocasiones.
—Amiga María, hice lo que todo cristiano hubiera hecho, nada más. Ahora os tenéis que cuidar una a otra y juntas salir de esto, sabiendo que estaré para vosotras siempre.
Dicho esto, Damián, con lentitud, salió de la habitación.
En cierta manera se terminaba de producir un milagro que agradeció a Dios.
Solo regresó cuando compró en la cafetería alimentos y bebida para María, pues sabía que no se iba a separar de su hija en mucho tiempo.
Al salir del centro hospitalario se quedó fumando un cigarrillo, dejando al fin que ciertos pensamientos llenasen su cabeza. Sentado en un banco, al calor del mediodía, reflexionó, rezó, pidió fuerzas para contener esas ideas, pero en esos instantes solo una cosa bullía en su cerebro.
Al subir a su ruidoso vehículo continuaba pidiendo fuerzas, pero su cuerpo, como guiado por una invisible mano, se encaminó a su casa, con una sola decisión metida dentro.