Lectura gratuita · Prólogo y Capítulo 1

Scratch: El Rally de Mi Vida

Eva M. Saladrigas

Prólogo

No lo puedo evitar. Siempre que vengo aquí, los primeros recuerdos que me asaltan son el olor penetrante de la gasolina y el aroma de la goma quemada pegada al asfalto. Aquellas carreras que mi abuelo, mi querido «güelito», compartía conmigo son el mapa de mi existencia. Fue él quien vio en mí la pasión que, igual que en mi madre, corría por mis venas. No era sangre lo que impulsaba mis latidos cuando apenas levantaba un palmo del suelo: era combustible de alto octanaje. Siempre dice que aprendí a conducir antes que a caminar. Ahora, con el paso de los años, todo aquello se me antoja más simple, más puro. No es que ya no sea feliz—lo soy, de un modo inmenso—, pues no todo el mundo puede decir que ha logrado atrapar su sueño y hacerlo suyo. Yo sí. Ese y todos los que vinieron después. Sin embargo, el éxito tiene un peso nuevo: la responsabilidad de una vida a tus espaldas, de unas hijas que reclaman atención constante y que llegaron casi sin avisar, justo cuando estábamos en la cima. Tuvimos que parar, respirar y recalcular la ruta. Por eso ahora cada carrera, cada rally y cada punto ganado tienen un sabor distinto: una mezcla de gloria y ese regusto amargo que aparece cuando suena el teléfono y te dicen que una de las peques ha enfermado mientras tú estás a kilómetros de distancia. Pero es el mundo que escogimos. Sabemos que no quedan tantos años de podio antes de que el cuerpo diga basta. Y entonces, tras una vida dedicada al asfalto, ¿qué quedará de nosotros, si no es este amor?

Mis ojos se clavan en la curva, allí donde el paisaje parece haber olvidado lo que sucedió, aunque yo lo guarde bajo la piel. Recuerdo la última carrera de ella como si fuera un fotograma congelado: la noticia corriendo como la pólvora, mi tía llevándome a rastras mientras mi güelito desaparecía entre la multitud con el rostro desencajado, sin que yo entendiera nada. Curva… terraplén… barranco… no se ha podido hacer nada… Retazos de conversaciones que perforaban mis oídos de niña de diez años. Aquel día, el asfalto dejó de ser un juego para convertirse en un altar de sacrificio.

Acaricio sus antebrazos, dorados por el sol que aclara su vello, y me pierdo en el olor familiar de su perfume mezclado con el gel de ducha. Es mi refugio. Él no vuelve a hablar; me conoce mejor que nadie y sabe que ese silencio es necesario para que yo pueda seguir adelante. Hace tiempo que solo venimos una vez al año, en este fatídico aniversario, pero nunca ha fallado. Se mantiene a mi lado y sostiene mi mano cuando el viento de esta curva sopla demasiado fuerte. Saco de mi chaqueta un pequeño colgante: una vieja arandela de motor que mi madre usaba como amuleto y que recuperaron de entre los restos. La aprieto con fuerza hasta que me marca la palma de la mano.

Él asiente y me da un suave beso en la sien, un gesto que dice más que cualquier promesa. Y sí, como he dicho, he sido feliz. Soy feliz. He cumplido mi sueño y el de ella. Sigo aquí—ya no como antes; competimos menos—en un mundo dominado por hombres, demostrando día tras día que el nombre de mi madre no se perdió en aquel barranco, sino que brilla en lo más alto conmigo. Porque yo soy la mejor. Siempre.

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Luchando por lo que quiero · Alisa (2019)

La voz de Luis, mi copiloto, me arranca por un momento del mundo en el que me había perdido. Acabamos de conocer la clasificación final. Ha habido varios problemas de última hora y, sí, hemos ganado, al menos en nuestra categoría. Nuestro Peugeot 1.6 16v nos ha vuelto a dar la victoria en el grupo en el que competimos, el X2. Este, el XV Rallysprint Los Corrales de Buelna–Cieza, es una de las primeras pruebas del verano y ya tenemos casi todo el calendario comprometido. Es la cuarta prueba y la cuarta victoria; eso nos coloca en lo alto de la tabla. Sí, son rallies regionales, pero, teniendo en cuenta que ni siquiera tengo edad para conducir fuera de las pruebas—de hecho, Luis es quien tiene que llevar el coche en los enlaces—, no está nada mal. Solo tengo dieciséis años.

Luis me rodea con su brazo y deposita un beso en mi cabeza sudorosa. Lo conozco desde siempre. Trabaja con mi padre en el taller, y correr ahora conmigo le está costando más de una discusión con él. Mi padre no quiere que yo pilote, pero es mi vida y es mi decisión. Supongo que cree que limitarme a rallies regionales hará que mi fiebre por las carreras se agote, pero no es así. Ojalá algún equipo del campeonato nacional se fije en mí y…

Tras la entrega de premios, Luis y yo tomamos algo con algunos de los otros pilotos, con quienes tenemos más afinidad: los de escuderías cercanas a San Vicente de la Barquera, que es donde vivimos. Después, aunque a veces mi copiloto insiste en quedarnos a dormir para no regresar tan tarde, casi siempre le digo que no. Mi padre me prohibiría seguir corriendo si no vuelvo a casa por la noche.

Tras la primera cerveza, Luis se pasa al refresco. No es que el trayecto sea largo, pero si algo lo define es la prudencia; conduce muy bien. Entre él y mi güelito me enseñaron a conducir: primero un kart y después un Peugeot 106, cuando apenas llegaba a los pedales.

Su copiloto, una chica de veintipocos años, se acerca en cuanto lo ve hablando conmigo. No me gusta nada cómo me mira, como si yo fuera una amenaza. Un momento… ¿están saliendo? No me había enterado.

Mi amigo se relaja al ver que no necesito defensa y toma mi mano, como tantas otras veces, para salir del bar en el que estábamos. Solo entonces me doy cuenta de que quizá no soy la única que despierta envidias. Acabamos de llegar al campeonato; este es el primer año que corremos todas las pruebas que podemos—si es posible, serán todas—y, aun así, ya llevamos ventaja. El resto acumula años de experiencia. Pero, como dice mi abuelo, para mí es algo innato. Y es mi sueño. Y soñar es gratis, aunque correr no lo sea. Mi abuelo ha invertido casi todos sus ahorros para verme aquí; Luis se juega su puesto en el taller de mi padre apoyándome en cada carrera, a pesar de sus reticencias, y yo solo puedo darlo todo y ofrecer mi mejor versión en cada segundo sobre el asfalto o la tierra.

Antes de salir, desde la esquina de una mesa cercana a la puerta, un piloto en el que no había reparado hasta ahora me mira fijamente. Es atractivo: moreno, de ojos oscuros, con el pelo algo largo y desordenado. Cruza su mirada con la mía y no sé si me gusta la forma en que lo hace. Habla con otros compañeros, pero me escanea con descaro y me lanza una sonrisa ladeada, de esas de quien se cree dueño del universo.

Salimos a la calle y el frescor de la noche me hace estremecer. Luis me rodea con su brazo y me acerca a su cuerpo. Deja un beso en mi pelo, como tantas veces. Con él me siento en casa.

Nos subimos al coche. No tenemos un equipo detrás y nuestros recursos son limitados, así que casi siempre vamos y venimos en el mismo vehículo con el que competimos, salvo que alguno de los mecánicos del taller de mi padre se quede y se lo lleve. Hoy no es el caso. Los dos que suelen acompañarnos se han marchado con la furgoneta en la que guardamos la maquinaria necesaria y el par de juegos de ruedas de repuesto. No damos para más.

Luis se acomoda al volante y yo me coloco en mi asiento para recorrer los kilómetros que nos separan de San Vicente. Mi güelito ya me llamó hace rato para felicitarnos y recordarme lo orgulloso que está de mí. Como siempre, termino emocionada al oírlo… y pensando en ella.

Hay poco más de cincuenta kilómetros hasta casa. A estas horas la carretera está poco transitada y Luis conduce con calma. Sabe que este coche es el único que tenemos para el campeonato y que, para mí, significa mucho más que un simple vehículo. Lo observo mientras sus manos cambian de marcha con suavidad. Mis dedos y mis pies hormiguean con el deseo de ser yo quien conduzca siempre, pero todavía me queda un año y medio para poder ir a la autoescuela. La vida es irónica: puedo derrotar a pilotos con años de carné y, sin embargo, no puedo circular por las carreteras españolas.

Veo cómo traga saliva; el movimiento de su nuez lo delata. Toma aire antes de responder, como si no esperara la pregunta o no tuviera clara la respuesta.

Lo miro y me doy cuenta de que se me ha quedado la boca abierta. No esperaba esa respuesta. Su voz suena sincera, sin rastro de reproche. Aun así, insisto:

Un coche nos adelanta a una velocidad que no debería llevar ni en autovía. El rebufo sacude el nuestro y Luis suelta una maldición.

El zumbido constante del motor y el balanceo suave del coche acaban venciendo al cansancio que llevo encima. No sé en qué punto del trayecto me quedo dormida. Solo soy consciente de que Luis detiene el coche frente a casa. Estoy tan agotada que no consigo abrir los ojos. Me dejo hacer mientras lucha con los arneses—incómodos incluso despierta—y me saca en brazos. Oigo murmullos. La voz grave de mi padre y la suya, hablando de no conducir tan tarde la próxima vez, de quedarse a dormir en algún sitio. Y yo que pensaba que me castigaría si no volvíamos a casa.

El roce cálido de sus labios en mi frente es lo último que recuerdo.

Aquí acaba el adelanto

Lo que viene después es la tensión con Beltrán de la Orden, las carreras a nivel nacional y un romance que pisa el acelerador desde la primera curva.