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Tres Dioses · Rafael Mariscal Roca

Capítulo 1
Incoación

11 de abril

Cuando sientes que las pastillas y el sexo duro no son suficientes, cuando sientes en tu interior ese fuego que te quema por dentro… Es ahí cuando la bestia que está encerrada se escapa. La ciudad no espera que un despertar tan tranquilo como el de hoy acabe de la manera que lo va a hacer.

El alba despunta por los edificios del casco antiguo de la ciudad de Córdoba cuando empiezan a escucharse los sonidos de las mañanas: las furgonetas de reparto, los despertadores sonando en los dormitorios y los niños preparándose para ir al colegio. Sin embargo, afuera apenas hay gente aún, algo que para una chica de veinte años puede ser peligroso en según qué ciudades. Pero esto es Córdoba y, por eso, Fátima camina confiada. En su marcha, unos Airpods amenizan su camino. Va con tiempo, tiene cita con el doctor Garzón a las once de la mañana. El cabronazo le ha dejado un examen con un 4,9 por segunda vez consecutiva. Estaba claro que rechazar su propuesta en la puerta del despacho, en el anterior cuatrimestre, le iba a traer consecuencias.

El edificio que alberga la Facultad de Filosofía y Letras es centenario y ha sufrido en sus muros muchos usos y utilidades. Antiguamente era un hospital de agudos, mucho antes, una residencia para los niños del coro de la catedral. Es una de las virtudes del casco histórico, donde el edificio más actual tiene setenta años: todo tiene historia. El enclave es perfecto para los estudiantes: cerca de estaciones, pisos baratos y muchas callejuelas donde perderse.

Al entrar al conjunto amurallado de la judería, Fátima gira de forma inconsciente en la primera calle, a su derecha, para más adelante entrar en la calle Averroes, que da justo al lado de su universidad. Unos pasos detrás de ella se aceleran, van a alcanzarla, están apenas a unos pocos centímetros.

En el momento que sientes un pinchazo, en especial cuando no lo esperas, la reacción siempre es de alerta y de adquirir una posición defensiva: gritar, saltar o revolverse son las respuestas físicas más comunes. Sin embargo, en este caso, Fátima no tiene opción a nada de eso mientras la aguja hipodérmica va rompiendo las finísimas capas de su dermis hasta llegar al músculo. Puede sentir el líquido, denso al principio, producirle un ardor en la zona del brazo donde se le ha administrado en los siguientes milisegundos.

Aunque quiere, no puede gritar. En la boca y la nariz tiene un trapo impregnado de algún tipo de sustancia, con olor y sabor dulzón como esos caramelos de miel que le compraban cuando era pequeña en el mercado de La Espartería. Ahora, el inicial sobresalto ha dejado paso a una sensación constante de mareo. Se ve a sí misma desde una perspectiva exterior, movida y guiada por alguien. Alguien que, siendo familiar para ella, no reconoce del todo. La introduce en un coche y es entonces cuando todo se nubla por completo.

La persona que la ha secuestrado ya ha llegado a su guarida. Desde el coche, Fátima no ve nada, pero, si pudiera, solo podría observar el campo en proceso de tornarse amarillento por el calor de las últimas semanas y una casa medio abandonada y derruida. Al final del camino hay una vía del tren de alta velocidad y, muy a lo lejos, quizás a dos o tres kilómetros, una carretera. La carretera que la llevaría a la libertad y al mundo que hasta ese momento conoce.

Dentro de su duermevela, Fátima puede ver cómo alguien, de una estatura algo superior a la suya, la alza y la lleva dentro. La diferencia de luz hace que ahora mismo no sea capaz de diferenciar nada. Siente el frescor de una cama y, en ese momento, otro pinchazo le hace perder prácticamente su conexión con el mundo. Solo escucha ruidos de fondo, sonidos metálicos y pequeños golpes. No puede articular palabra, está casi inconsciente y prácticamente paralizada.

En la estancia, sucia y con un fuerte olor a humedad, una figura está frente a una mesa preparando lo que parece el material para una operación. Varios bisturíes, gasas, alcohol, hilo, tijeras, una caja de madera negra con un árbol de grandes ramas y raíces pintado en el centro de la tapa. Y un instrumento que cualquiera de nosotros, ufanos, confundiríamos con una cuchara de helado. La desconocida figura se acerca desde las sombras hacia la fría cama de Fátima. Rasga parte de su ropa de una manera violenta, pero sin buscar ningún tipo de satisfacción sexual. Su cara le repugna, no quiere verla. De forma impulsiva, agarra uno de los bisturíes y, con un impulso visceral, cruza la cara de Fátima con este. Ella frunce el ceño. Sin embargo, no se despierta. La sangre brota por toda su cara, que ahora ha perdido la simetría que le confería una exótica belleza.

Es un monstruo, pero un monstruo previsor y, al ver que Fátima ha reaccionado al primer corte, le administra una dosis altísima de propofol que consigue mandarla al mundo de Nunca Jamás para continuar tranquilamente con su obra.

Hace dos pequeñas incisiones en los ojos y, a continuación, utiliza la ya mentada cuchara de helados para extraer los globos oculares; lágrimas de sangre empiezan a brotar en ese momento. Con algo de adhesivo le coloca dos monedas de oro, ambas con sendas runas en ellas: una especie de H mal escrita.

Se arremanga cuidadosamente colocando su bata de tal manera que se manche lo menos posible. Con paciencia va grabando con el bisturí todo su cuerpo, siente el bisturí entrando en cada parte de su cuerpo, escucha el rasgar de la piel mientras hace las incisiones en cada una de las heridas que infringe. Mientras sangra profusamente, lee las palabras que definen la actitud que este ser cree que ha tenido Fátima frente a la vida, como su falta de compromiso con su comunidad o su modernidad. Sin duda, es un sacrificio más que merecido.

12 de abril

Tres de la mañana del doce de abril. Por el pasaje Santa Teresa de Jornet, junto al Palacio de los Reyes Cristianos, pasean dos chicos de la mano. Observan en la penumbra un cuerpo que ha adquirido una posición antinatural.

Javier se acerca, preocupado, a la contorsionista noctámbula y ve cómo sus piernas están embridadas a la forja, a una de las pequeñas puertas enrejadas del conjunto. Su cuerpo, casi suspendido en el aire, está apoyado en el suelo tan solo por unos brazos totalmente ensangrentados y su cabeza, posada sobre una roca, está recta mirando al cielo y con dos monedas de oro en las cuencas vacías de los ojos. Javier activa la linterna de su teléfono y estas brillan. En ese momento, gracias a la luz, se da cuenta de que en la boca, que al principio da la sensación de estar libre, han introducido la propia ropa interior de la víctima.

La siguiente escena la podéis imaginar: luces centelleantes azules y blancas, mucho personal de la administración. Mientras un agente intenta hablar con Javier, otro compañero se recompone al ver el cuerpo.

«Esto es Córdoba, aquí no pasan estas cosas», se dice para sí el policía mientras se limpia la comisura de los labios.

—Aquí Z012 para Hache Charlie —indica el compañero—. Tenemos un cuerpo en la calle Santa Teresa de Jornet. Enviad a la científica, al 061, e id despertando al juez. La noche va a ser larga.

Él, que como muchas noches se queda despierto hasta tarde, escucha el aviso por su escáner y decide ducharse. Sabe que un marrón como ese se lo va a comer sí o sí. Efectivamente, al salir de la ducha, su teléfono no para de sonar en la mesita.

—Sanz. —Se escucha al otro lado. —Sí, ya lo sé, voy para allá. Y es que para el inspector Domingo Sanz el Cuerpo Nacional de Policía es su vida. Bueno, el cuerpo y su hija, con la que pasa dos semanas al mes. La verdad es que para ser policía la jueza se portó realmente bien. Por lo general, a los inspectores y a los agentes con esta dedicación no les suelen dar la compartida, pero él es un gran padre. Su exmujer lo sabe y aceptó la sentencia de buen grado. No tiene un hogar roto, solo uno en el que dos adultos dejaron de querer compartir la misma habitación. Y la niña no tiene culpa de eso.

Sanz coge su coche y se planta en la escena del crimen en cuestión de cinco minutos. En Córdoba las distancias son relativamente cortas, y más en coche. A las cuatro de la mañana, a 120 km/h. A continuación, se baja del vehículo y se dirige a sus compañeros sobre su barca Panama Jack del 45.

El lugar alberga una dureza inusitada, nunca vista por los chavales de uniforme que la descubrieron. En la academia de policía de Ávila no te cuentan según qué cosas de este trabajo ni te preparan para ellas. Sin embargo, si llevas más años que el reloj de la plaza de Las Tendillas y has trabajado en Donosti, lo has visto todo. O casi.

Ya está amaneciendo y los primeros rayos de sol inciden en las runas que las monedas tienen grabadas y que hacen las veces de ojos en la víctima.

—Pobre chica —comenta el inspector—. ¿Sabemos su identidad?

—Sí, Sanz. No hubo robo. Se trata de Fátima Bachur, 21 años, natural de Fez, trasladada a Córdoba hace catorce años. Estudiaba en la Universidad de Filosofía y Letras en el grado de Historia y Teología.

—¿Dónde coño está la científica? Sanz no puede terminar la frase cuando entra en escena un Jaguar F-Pace eléctrico. De él se baja un niño, a ojos de Sanz. Se trata de G., el nuevo, que ha llegado desde la Unidad de Análisis de Conducta de Madrid, un destino un poco raro después de jugar en una liga de élite en la capital.

—Inspector Sanz, nos volvemos a encontrar. —Sí, aunque, sinceramente, apenas recordaba que existías —miente Sanz—. Llegas tarde.

—Discúlpeme, inspector, pero teniendo en cuenta que no tengo hora de entrada ni de salida, es imposible que llegue tarde a ningún escenario.

—Estupendo —masculla Sanz sabiendo que, además de un incordio en su escena, tiene un compañero rarito—. Danos tu experta —hace un énfasis en esta palabra con toda la intención del mundo— opinión sobre todo el escenario.

En ese momento, G. empieza a mirar hacia la escena del crimen. Escruta las entradas y salidas de la calle. Tres calles adyacentes, cuestas, poca luz. La persona que dejó ahí el cadáver no pudo tardar demasiado, pues hay marcas de rodadas en la arena de la zona, una entrada con una furgoneta o coche grande. Cuando tenga el resultado acotará marca y modelo.

Sabe que le está llamando. En su cabeza, la voz de Sanz suena como un eco, pero cuando G. está pensando parece que se activa el bullet time de Matrix y todo funciona a la velocidad que él necesita.

—Sí, inspector, le escucho, pero si no me deja pensar no puedo trabajar —le dice y, a continuación, procede a contarle lo que en un primer vistazo ha averiguado—. La víctima fue colocada en esa posición de manera premeditada, las monedas de sus ojos son, a simple vista, vikingas. Sabré más de ellas y de todo lo que ha acontecido aquí cuando esté en mi laboratorio. Hasta entonces no le puedo decir mucho más.

Sanz ha trabajado poco con gente como G., pero tiene algo claro: es muy bueno y debe aceptar las premisas que el niño marque. G. no es un analista ni un forense cualquiera: ha dado cursos, charlas, simposios y una infinidad de clases que recibe gente con muchos más años que él, con más rango y siempre con muchas menos ganas que él. Los métodos de G. son peculiares. Nadie les ha explicado a los que allí están cómo funciona su técnica. Solo saben que es el mejor en análisis de conducta y como forense otra eminencia. Muchas cualidades y muchos dones para un chaval que acaba de cumplir treinta y dos años. Y eso es lo que más le chirría a Sanz, qué hace esta eminencia asignada a una ciudad como Córdoba. A priori le va a importar poco. Quiere que le ayude y les dé una pista o una interpretación de esa aberración y así empezar a buscar al malnacido que se encargó de segarle la vida a Fátima.

Mientras tanto en otra parte de la ciudad…

Una mujer sube los escalones de su bloque de pisos. Se puede observar que está extenuada por su lenguaje corporal. No es que tenga el ascensor roto: sube andando porque evitar un sufrimiento, por muy leve que sea, no está en su condición.

«Un ático —piensa—. Me tenía que comprar un ático». Claro, hace veinte años le pareció una idea estupenda, cuando vino desde su Granada natal. «Un ático te da estatus», le decía su padre. Y cuando el banco te da un 120% de tu necesidad hipotecaria porque eres funcionaria y exmilitar de carrera, pues claro: ático, muebles, coche, etc. Es grande, más de lo que necesita. Y es que, desde que murió su pareja, le sobra espacio. La vida se truncó hace cinco años cuando aquel moreno, como sigue llamándolo aún hoy si se ha tomado un par de copas y está en confianza, lo atropelló en una estrecha calle de la judería. No era un demonio, solo un hombre cansado después de una larga jornada de trabajo que volvía a casa en su furgón de reparto, un pequeño destello en un espejo que lo cegó, una calle innecesariamente estrecha para soportar tráfico rodado y no tener dónde apartarse… Y la desgracia. Aunque eso ya lo superó. Principalmente porque nunca le importó demasiado. Se casó porque viniendo de donde venía era lo que había que hacer. Más aún con una familia ultracatólica, castrense y de misa de doce los domingos. Son cosas que se dan por hecho. Demasiado bien se tomó su padre que se quisiera ir de Granada y opositar después de acabar la carrera y volver de la Legión. Si fue porque fue militar, o lo es, no lo tiene claro nunca, excepto cuando hace algún control de alcoholemia que tira de identificación para dejar claro con quién está tratando el agente de turno.

Su padre expuso amablemente la opción de empezar la carrera militar cuando terminó el bachiller e hizo selectividad. Academia de suboficiales y a la Legión. «Te enseñarán disciplina, valores y respeto», dijo su padre cuando le dio la noticia de que había tramitado los papeles sin consultarle, gracias a un amigo suyo del gobierno militar. Y, aparte de instrucción de combate, guerra de guerrillas y comer coños como quien come una sandía fresca en un cálido día de verano, no le enseñaron nada de utilidad en los años que estuvo.

Pero volviendo al tema que nos ocupa: el piso es grande y está mal situado, la zona que antes era aceptada como lo mejor de Córdoba, ahora está cercada por barrios más humildes que han ido construyendo con VPO. Hace veinte años vivir en El Brillante era vivir en el sitio más exclusivo de Córdoba. Ahora, viene a ser como vivir en el extrarradio de un barrio pobre colindante con chalés venidos a menos. Y eso no ayuda para vender un piso, por muy ático que sea.

De todas maneras, no es algo que vaya a hacer de hoy para mañana, así que empieza su rutina. Saca sus cosas de la mochila, el portátil, los tarros de muestras, ese pequeño bote para vacuna sin etiquetar; y lo guarda todo en el armario. Se hace un café y se da una ducha. Ya no hay dolor, ya no hay furia ni sufrimiento, ahora tiene paz, que es todo lo que necesita para que las voces cesen.

¿Quieres saber qué esconde Córdoba? La historia no ha hecho más que empezar.

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