— Anastasia White
Hay una frase que empieza a aparecer a partir de cierta edad: «A tu edad…». Y después de esas tres palabras puede venir prácticamente cualquier cosa. Todas sorprendentes.
A tu edad ya no estás para esto, ni para lo otro. Para vestir así o asá. A tu edad ya no deberías tener la cabeza ahí. Deberías sentar la cabeza.
La cabeza. Qué manía con sentarnos la cabeza.
Me encanta ese concepto de «tu edad» y esos consejos que nadie ha pedido. Porque parece que cumplir años lleva incluido un reglamento que alguien se ha olvidado de entregarte.
Yo debo de haber perdido el mío. Nadie me avisó de que, a partir de cierta cifra, había que dejar de tener ganas.
Ganas de reír, de cambiar de planes, de una falda corta, de experimentar otras relaciones, o incluso de mandar a paseo a quien, además de contar tus años, parece empeñado en administrarlos.
Parece que con los años hay que ir cerrando puertas. Menos planes. Menos cambios. Menos sorpresas. Menos ganas. Como si cumplir años fuera una especie de operación de reducción de daños. Y no.
Si acaso, una aprende a elegir mejor dónde quiere gastar el tiempo. Porque el tiempo, ese sí que tiene la mala costumbre de no pedir permiso para pasar.
Es curioso, cuando eres joven todo el mundo te dice que tienes que descubrir quién eres. Cuando ya sabes quién eres, todo el mundo parece empeñado en recordarte quién deberías ser.
Y ahí sí que me entra la risa. Porque resulta que ahora, precisamente ahora, cuando ya distingo lo que quiero de lo que se supone que quiero, alguien pretende explicarme lo que me corresponde. Qué mala suerte. Llegaron tarde.
Con los años tengo menos cosas que demostrar y bastante menos paciencia para vivir según el calendario de los demás.
Y quizá eso sea lo mejor de cumplir años, que una aprende que no tiene que encajar, ni justificar.
A estas alturas ya no estoy para cumplir expectativas, estoy para cumplir años.
Porque a mi edad ya sé una cosa: que mi edad es asunto mío.
Anastasia White es la autora de El Pecado de una Divorciada.